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27 de Mayo del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
27 de Mayo del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

En vida, señor, en vida
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Qué bien que el gobierno de Moreno haya sido generoso con Julio César que ya ido no ha desaparecido pues sigue entre nosotros. Qué bien que se le hayan ofrecido todos los honores que ciertamente los merecía. Para él eso y mucho más.

Adolorido y emocionado despidió el país a Julio Cesar Trujillo, ese hombre excepcional que nos dejó en un momento absolutamente suyo. Fue el tiempo justo en el que debía partir. Y lo despedimos casi como si se hubiese tratado de un familiar más. Envejecido entre los ires y venires de los sentidos de la existencia, entre las presencias y las ausencias de las alegrías y tristezas, de los éxitos y de los fracasos. Envejecido con la gloria de haber sido sentenciado por jueces corruptos y del oprobio de ser perdonado por un ruin. Se fue de conformidad a sus propios tiempos, al de su existencia marcada en el mundo de las cosas. Ni antes ni después. Se fue de entre nosotros exactamente como debería acontecer a todo hijo de mujer. No fue asesinado por los malhechores de las calles ni por orden de poderes perversos como acontecía hasta hace no poco en el país. 

Julio César se fue porque llegó a su fin el tiempo dado a su existencia por la misma vida. Es un misterio, pero es con lo contamos. Una especie de sentencia unida a la partida biológica de nuestro nacimiento: tú vivirás tan solo un número de años ya prefijados por la vida, quizás solo unos días más o unos días menos. Siempre y cuando no seas sentenciado a muerte por el poder perverso ni vivas en los espacios de las carencias en los que apenas podrás sobrevivir al hambre, a la enfermedad y a la crueldad de la violencia callejera. 

Se fue en su tiempo, y su partida nos causó tristeza porque por años nos habíamos acostumbrado a verlo, a escucharlo a sentirlo cercano, muy cercano, como en la PUCE a la que llegábamos casi al mismo tiempo y teníamos la misma fórmula de saludarnos en el estacionamiento. 

Qué bien que el gobierno de Moreno haya sido generoso con Julio César que ya ido no ha desaparecido pues sigue entre nosotros. Qué bien que se le hayan ofrecido todos los honores que ciertamente los merecía. Para él eso y mucho más. 

Qué bien que el gobierno de Moreno haya sido generoso con Julio César que ya ido no ha desaparecido pues sigue entre nosotros. Qué bien que se le hayan ofrecido todos los honores que ciertamente los merecía. Para él eso y mucho más.

Sin embargo, hay algo que molesta y que cuestiona buena parte de lo acontecido. Porque en ese ceremonial de despedida hubo mucho que debió haberse otorgado a Julio César mientras aun estaba entre nosotros. De tal manera que disfrute y hasta goce desde su reconocida sencillez, pero que realmente haga suyo aquello que el Estado le otorga en reconocimiento a sus méritos. 

¿Por qué esperar a que alguien muera para darle lo que se le debía dar en vida? ¿No se tratará, acaso, de una surte de desidia política o quizás incluso de una especie de envidia difícil de superar por el poder? Es preciso reiterarlo: los honores deben ser dados a los vivos y no solo a los muertos. El honor es un bien del que debe disfrutar la persona con su entorno familiar y social. Desde luego que existen excepciones como en casos de muerte súbita, como cuando militares o civiles que mueren en actos heroicos de defensa del país o de los valores ciudadanos. 

En el caso de Julio César Trujillo, estuvo presente un elemento más que habría, no solo justificado, sino incluso demando que se le ofrezcan esos honores en vida: la presencia nacional e internacional de todos aquellos que se autodenominaron sus enemigos políticos y, sobre todo, éticos. Entre ellos Rafael Correa a cuyo nombre se lo sentenció penalmente para, acto seguido, humillarlo con un perdón infame. El mismo a cuyo nombre ese grupo de ciudadanos se dedicó a lanzarle todos los improperios que pueden salir de la boca de los villanos. 

Que lo acontecido con Julio César Trujillo y con otros más le sirva al país y a sus autoridades de lección para que en adelante se rindan honores y pleitesía a ilustres ciudadanos mientras vivan, mientras puedan disfrutarlo íntimamente. Y que nunca más se espere la dolorosa presencia de la muerte para honrar a nuestros héroes y a nuestros ciudadanos ilustres. Entre nosotros aun viven no pocos de ellos. 

El honor, el reconocimiento son como el pan. Hay que tomarlo no solo para calmar el hambre sino también para justificar aun más la vida cotidiana y disfrutar de ella.

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