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3 de Junio del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
3 de Junio del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Violencia versus violencia
¿Un mundo sin violencia? ¿Cómo imaginarlo cuando lo que hace la Supercom es, de suyo, eminentemente violento? ¿Qué es violencia? ¿Cuál es la noción de violencia que posee esta institución y con la cual vigila y castiga? ¿De qué manera clarificó para sí y solo para sí algunos conceptos azas complejos y eminentemente polisémicos?

Los procesos de comunicación en el país se hallan vigilados por ojos de águila. Ojos capaces de leer tanto el texto como incluso aquello que supuesta e imaginariamente se encuentra en la mente del escritor o del medio de comunicación.

El último, pero de ninguna manera ínfimo, tiene que ver con la demanda a uno de los canales de televisión por transmitir escenas de lucha libre sabiendo que la lucha libre se halla a mil años luz de diferencias del box y de otras formas de violencia cruda y real en las que herir al adversario se transforma prácticamente en su condición de ser y en su objetivo. La lucha libre pertenece a la mímica de la violencia, a su parodia.

¿Entiende esto la Supercom? No, no lo entiende porque sus ojos han perdido la naturalidad de la mirada y su parte simbólica. Intencionalmente, sus ojos se quedan en la forma, en el señuelo de la forma para, supuestamente, así cumplir mejor su misión de vigilar y castigar. Castiga lo que ve y, para ello, se resiste a ir a la complejidad de los sentidos de las cosas.

Es grave y peligroso mirar linealmente el mundo y sus aconteceres. Los romanos decían: "temo al hombre que sabe una sola cosa porque ese saber se convierte en una suerte de lente a través del cual mira y valora el mundo". Esa mirada no solo niega la complejidad y la diferencia sino que las combate.

¿Un mundo sin violencia? ¿Cómo imaginarlo cuando lo que hace esta entidad del Estado es, de suyo, eminentemente violento? ¿Qué es violencia? ¿Cuál es la noción de violencia que posee esta institución y con la cual vigila y castiga? ¿De qué manera clarificó para sí y solo para sí algunos conceptos azas complejos y eminentemente polisémicos?

Pienso en autores como Deleuze, Guatari, Foucault, Nietzsche, el mismo Freud investigando, analizando y teorizando sobre la violencia sin llegar nunca a la última palabra y menos aun a esa palabra con la que sería posible vigilar, juzgar y castigar. Autores que, me parece, se reirían de la facilidad con la que una institución de control y vigilancia decide en dos por tres sobre lo que a ellos les fue casi imposible luego de profundos y extensos análisis.

Es preciso reconocer que cuando se ausentan los análisis teóricos aparecen la materialidad de la palabra y su univocidad. Entonces se habla al unísono de la verdad y el saber. Cuando esto acontece, ya no hay nada que decir pues todo deviene moral y, por ende, queda sometido a un juzgamiento privado y público.

Es realmente espantoso el universo de los moralistas que en mucho se asemeja al de los teólogos. Unos y otros pontifican y dogmatizan. Ambos cuentan con el cielo y el infierno. Nunca se equivoca ninguno de los dos.

Cuando habla la Supercom, ya no hay nada que decir y menos que contradecir. Es palabra de dios: verdad absoluta, incuestionable. Marca, además, la ruta de la verdad que todos deben asumir. Un día escuché a uno de sus ejecutivos desbaratar, como si nada, todo el sistema comunicacional del país que no pertenece al gobierno y que opera libremente. Entonces pensé en Savonarola, aquel fanático predicador de la Edad Media que, él sí, sabía a la perfección en qué consistía el bien y el mal. A los primeros les daba el cielo, a los segundos, primero los quemaba vivos y luego los enviaba a la hoguera eterna del infierno.

Un día terminó el tiempo de su vanagloria y de su falso poder. ¿Qué habrá pensado cuando, al ser él mismo quemado vivo en compañía de sus secuaces, descubrió que no existía ni lo absolutamente bueno ni lo absolutamente malo?

Cuando escucho los dictámenes de verdad de la Supercom, pienso en la humildad de los filósofos de finales del siglo pasado que se asustaban cuando sus discípulos confundían sus decires y corrían el riesgo de convertirlos en dogmas. Y me sobresalto aun más cuando escucho el dictamen final y condenatorio de algún juez que piensa y actúa en eco. Es grave, muy grave el imperio de la ecolalia.

Pienso en Deleuze y Guatari enfrentándose abiertamente al dogma del Edipo freudiano con El anti-edipo y la polivocidad. “Un hombre así se produce como hombre libre, irresponsable, solitario y gozoso, capaz en una palabra de decir y hacer algo simple en su propio nombre, sin pedir permiso, deseo que no carece de nada, flujo que franquea los obstáculos y los códigos, nombre que ya no designa ningún yo”. ¿Busca la Supercom esclavos y no sujetos libres?
Antes de responder y castigar, deberíamos reunirnos para analizar conceptos. Antes que moralizar, con Savonarola, teorizar con Guatari y Deleuze.

No es bueno construir callejones sin salida en torno al pensar, al desear y al decir porque, finalmente, quienes quedarán prisioneros para siempre serán aquellos que los armaron y sostuvieron pero, sobre todo, porque solo aparencial y muy temporalmente se logra esclavizar a la verdad y a la libertad.

Hace poco se celebró un aniversario más de la liberación de Auschwitz, el campo de concentración de la libertad y de la verdad más horroroso del mundo. Allí se asesinó a la diferencia y se pretendió borrarla del mundo para siempre con el loco afán de construir el pensamiento único. No estaría mal si meditasen en ello algunos funcionarios de la Supercom que tienen que ver con la vigilancia y el control de la palabra del otro que supuestamente difiere del pensamiento único que ahí se estatuye. “Es posible ser realista de lo irreal y figurativo de lo imposible”. No se puede pasar por alto el derecho a la justicia.

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