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11 de Agosto del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
11 de Agosto del 2015
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Yachay: la otra fe
Oscar Varsavsky, científico argentino, allá por los años sesenta del siglo pasado, calificó como ”cientificismo” a ese culto a una ciencia “universal”, con la que podríamos salir del “subdesarrollo”.

Alrededor de esa fe se juntaban los científicos que son mucho más unidos que los proletarios o los empresarios. “Forman un grupo social homogéneo y casi monolítico, con estrictos rituales de ingreso y ascenso, y una lealtad completa -como en el ejército o la iglesia- pero basada en una fuerza más poderosa que la militar o la religiosa: la verdad, la razón”.

Se trataba (y aún se trata) de un grupo internacional que no conoce fronteras y que “acepta incondicionalmente el liderazgo del hemisferio Norte”. Éste define la política científica, en cuanto a temas, métodos, orientaciones, a partir de la cual “se evalúa en última instancia la obra de cada científico”.

Esa reverencia a la meca del Norte profesada por el cientificismo coloca a los científicos que la practican detrás de los conceptos y teorías allá generados. Es común o muy extendido aceptar esta dependencia como natural. Aun en las filas de quienes se autodefinen como “revolucionarios”.

En efecto, según Varsavsky, hay cuatro posiciones básicas en torno a este tema: la fósil, o reaccionaria pura; la totalitaria, la reformista y la rebelde.  Reformistas y rebeldes se disputan la dirección de la modernización; los primeros defienden el sistema social vigente pero con algunos cambios; los segundos, son revolucionarios “intransigentes ante los defectos del sistema pero ansiosos por modificarlo a fondo”.

Los “rebeldes” constituirían, por tanto, los adalides de una “ciencia politizada”, opuesta al “cientificismo”. Mal podrían adherir a éste, si su “misión es estudiar con toda seriedad y usando todas las armas de la ciencia, los problemas del cambio del sistema social, en todas sus etapas y en todos sus aspectos, teóricos y prácticos”. ¿Es esto lo que se propone en Yachay?

Según René Ramírez, secretario de educación superior, “conectarnos con el mundo”, mediante la contratación de “investigadores, filántropos que inviertan, empresas que quieran transferir su tecnología”, es el rol de Yachay. Ello, según Ramírez, implica “dejar de tener una mirada hiperparroquial en el sistema de educación superior”. Pues “si se quiere entrar en los circuitos mundiales hay que cumplir estándares mínimos”. De ahí la necesidad de que en las universidades tengamos PhD´s, no importa si de aquí o de allá,  y que en ellas se realicen investigaciones y publicaciones en revistas indexadas.

No vemos, pues, que en Yachay haya ni el menor asomo de una “ciencia politizada”. Más bien se advierte el dominio del “cientificismo” criticado por Varsavzky. Entre los éxitos de la ciencia del Norte, dice el científico argentino, “no figura la supresión de la injusticia, la irracionalidad y demás lacras de este sistema social”.

Resulta extraño que la “revolución ciudadana” haya optado por el “cientificismo” y abdicado de la ciencia politizada.  Ello alienta el proceso de desnacionalización, “refuerza nuestra dependencia cultural y económica”. El discurso científico de la Senecyt. y de su máximo personero, no compagina con el discurso político del gobierno que reivindica el “nacionalismo” y la lucha contra el sistema social capitalista.

¿Cuál de los dos discursos prevalece en el gobierno?
Si nos atenemos a la arremetida contra las universidades estatales, hasta podría caber una hipótesis: la de que responde al cientificismo, desde el cual se quiso amordazar a la ciencia politizada. Pues, las universidades estatales, por graves que hayan sido sus defectos y falencias, siempre se inscribieron en la posición rebelde, la de una ciencia comprometida con la crítica y la oposición al sistema social imperante.

Llama la atención que se hayan utilizado los parámetros de medición del trabajo científico y académico de las universidades “de nivel mundial” para la evaluación y categorización de las universidades ecuatorianas, con las cuales se las colocó bajo la tutela y control gubernamental. Ello implicó la supresión de la autonomía universitaria.

Sin duda, en las universidades públicas se libró una lucha entre “científicos” e “ideólogos”. Los unos de espaldas a los otros. El problema radicaba en cómo llevar a cabo la “tarea de investigar al sistema en su totalidad”; ello fue dominio sobre todo de los ideólogos; el gran desafío consistía en lograr que los científicos aportaran al estudio de los problemas sociales, en la perspectiva de transformar al sistema social.

Ello conlleva, según Varsavzky,  “imaginar una manera de hacer ciencia muy distinta de la actual”. Lo cual requiere inscribirse en el movimiento pro autonomía cultural. Dicho movimiento choca con el “desarrollismo” que impulsa la creación de “centros de excelencia (…) para educar de manera homogénea a los investigadores y profesores latinoamericanos según las indiscutidas normas de la “ciencia universal”.

Una ciencia pensada para cambiar el sistema no puede desentenderse de las condiciones locales por el prurito de “conectarnos con el mundo”. Son las condiciones locales las que  determinan el rumbo a seguir.

Acaso el haber carecido de sustento científico explique las falencias del proceso de la “revolución ciudadana”. No es lo mismo llegar al poder que sostenerse en él y dar continuidad al proceso. Varsavzki pone el ejemplo de la campaña del Che en Bolivia: una cosa fue iniciarla; pero otra distinta sostenerla. Faltó información, conocimiento de la realidad; “no se conocía bien la topografía de la zona, ni su ecología, ni su antropología”

La integración de la ciencia a la política es un desafío que, al parecer, no está en la mira de Yachay.

[PANAL DE IDEAS]

Iván Flores Poveda
Consuelo Albornoz Tinajero
Fernando López Milán
Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Patricio Moncayo
Carlos Rivera
Carlos Arcos Cabrera
Ricardo Martner
Mauricio Alarcón Salvador
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