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1 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
1 de Julio del 2016
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

En Yachay no creen ni sus rectores
Yachay Tech, el proyecto universitario creado para cambiar definitivamente la matriz productiva de los ecuatorianos, la brillante fantasía diseñada para generar prodigios tecnológicos increíbles capaces de ponernos en la cúspide de la ciencia mundial, ha tenido tres rectores en dos años. Más o menos el mismo tipo de estabilidad directiva que un instituto para tatuadores bilingües.

Durante el verano del 2012 el crucero italiano ¨Costa Concordia¨ tuvo un lamentable percance al rozar una roca en las oscuras aguas del Mediterráneo. Al percatarse que las cosas no marchaban bien y notando que el agua empezaba a corretear alegremente por los pasillos de la nave, el capitán Francesco Schettino no lo dudó ni un segundo. Rompió con gallardía una de las cajas de emergencia, tomó elementos básicos de  supervivencia, y saltó, con la velocidad de un atleta, sobre el primer bote de emergencia que encontró. Schettino no tenía ningún interés en hacer valer aquel proverbio que dice que ¨un capitán ha de hundirse con su barco¨, y en su frenética huida ni siquiera alertó a las autoridades de la situación. Algunas personas murieron esa noche.

Nadie está dispuesto a darlo todo por algo en lo que no cree. El almirante inglés Lord Horatio Nelson murió, en su navío,  en la Batalla de Trafalgar negándose a ceder el mando a pesar de sus heridas; el capitán Edward John Smith, nunca dejó el Titanic y se fue con él hasta el fondo del océano, fiel a sus ideales; Francesco Schettino, por su parte, abandonó el Costa Concordia, inmediatamente, y solo fue superado por  los ratones de la bodega que nadaron con presteza para refugiarse en las playas cercanas. Shettino disfrutó su rol de capitán, mientras este le ofrecía un buen salario, la comodidad de un camarote de lujo, y la posibilidad de usar aquel elegante gorro naval, pero una vez que notó que el barco se tambaleaba salió de ahí remando con una agilidad inaudita que haría desfallecer de envidia al equipo de remo de la universidad de Cambrige.

Yachay Tech, el proyecto universitario creado para cambiar definitivamente la matriz productiva de los ecuatorianos, la brillante fantasía diseñada para generar prodigios tecnológicos increíbles capaces de ponernos en la cúspide de la ciencia mundial, ha tenido tres rectores en dos años. Más o menos el mismo tipo de estabilidad directiva que un instituto para tatuadores bilingües. 

El químico español Fernando Albericio dejó Urcuquí en medio de amargas disputas con sus colegas, a los que acusó de ganar sueldos extraordinarios como recompensa por impartir pequeñas perlas de sabiduría vía Skype. El manabita José Andrade fue el siguiente capitán, perdón, rector de la institución. Tomó el timón dejando claro que sería de manera temporal, desde luego no estaba dispuesto, ni de chiste, a dejar su cargo en el Instituto Técnológico de California para dedicarse, en cuerpo y alma, a cambiar el ¨chip¨ del pensamiento de los ecuatorianos. Pero no hay que ser injustos con Andrade, durante su paso por el rectorado nos dejó varios testimonios literarios donde narraba, de manera lírica, como un niño de Chone había alcanzado sus sueños, llegando incluso, en algún momento, a ser consultor de la NASA, en un relato que bien podría considerarse un capítulo perdido de Oliver Twist.

Daniel J. Larson fue el tercer rector de la novísima Yachay Tech, y su contratación fue paradójica. Mientras para finales del 2014, más de tres mil quinientos docentes de universidades del país fueron jubilados, no siempre en buenos términos, en base a los lineamientos de la LOES, al tener más de sesenta cinco años de edad, el doctor Larson llegó a Ecuador a los setenta años luego de retirarse en la universidad estatal de Pensilvania. Si bien se trató de un educador respetable y alguien destacado en la administración universitaria, era evidente que su gestión no podía entenderse en el largo plazo. Larson, quería dedicarse a viajar y leer, (en sus propias palabras), y por ello le pareció encantador poder entablar aquella exótica aventura en los Andes donde se buscaba revolucionar de manera definitiva la historia de la ciencia.

¿Pero Daniel J. Larson, creía realmente en el proyecto Yachay? No lo creo. Este señor, inteligente, educado, que se  había fotografiado junto a Desmond Tutu en uno de sus viajes de difusión académica, obviamente se percató de donde había llegado. Más tarde que temprano debía a buscar un bote que lo ponga a salvo antes que la marea sacuda la peculiar estructura burocrática de la ciudad del conocimiento, y la esfera pública empiece a hacer preguntas incómodas. Por supuesto el amable Dr Larson ha planteado que su renuncia al rectorado de Yachay se debe a ¨razones personales¨, sin embargo pienso que él pudo haber cotejado estas ¨razones¨ antes de aceptar un puesto de esta responsabilidad que además estaba siendo auspiciado por los fondos limitados de una nación pequeña y en crisis económica.

Para nosotros, es decir, para las personas comunes, es obvio que un programa de nivel de pregrado como el que se ofrece en Urquiquí, podría impartirse sin mayores contratiempos en cualquiera de las politécnicas del país; también es claro que las inversiones en docentes, equipo, y gastos administrativos podrían usarse para fortalecer esas mismas universidades; también sabemos que un docente con PhD gana menos de dos mil dólares en la mayoría de universidades públicas por lo que con los recursos de la comisión gestora de Yachay se podría sostener a un verdadero equipo de científicos jóvenes; las personas comunes sabemos que la mejor manera de fortalecer línea de investigación es entregando fondos concursables y dejando que los proyectos se administren de manera autónoma por académicos con la menor interferencia posible de los burócratas. Sabemos que los problemas de educación, ciencia y tecnología del país no demandan, de ninguna manera, la construcción una ciudad, en medio de tierra de cultivo. Nosotros sabemos eso, y puede estar seguro que los directivos de Yachay lo sabían también. Por eso es explicable que ninguno de ellos haya apostado seriamente por la ciudad del conocimiento como un proyecto para sus  vidas. Ahora bien, si ni siquiera los capitanes, o rectores de Yachay Tech, se han tomado en serio la empresa ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros?

[PANAL DE IDEAS]

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