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1 de Diciembre del 2019
Ideas
Lectura: 9 minutos
1 de Diciembre del 2019
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Yo, lector, y el Premio Joaquín Gallegos Lara
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¿Es ilegítimo que un escritor establezca como su escenario de referencia la «novela mundial»? ¿Es reprochable que jóvenes escritoras ecuatorianas procuren publicar en España y en Estados Unidos para ser parte de «ramillete literario metropolitano y así satisfacer un deseo de “raigambre colonial”»? No lo creo.

Escribo desde la autonomía del lector: punto de encuentros y desencuentros, espacio solitario en el que el gusto, el enamoramiento, o, por el contrario, el desagrado y el rechazo se hacen presentes en cada párrafo, en cada imagen, en cada personaje que llega, encontramos o traemos a nuestra vida. Desde esa condición, me pronuncio sobre el Premio Joaquín Gallegos Lara, que anualmente otorga el Municipio de Quito.

En este año, dos de los tres miembros del jurado, optaron por la novela El nuevo Zaldumbide (Festina Lente, 2019), de Salvador Izquierdo. La escalera de Bramante (Seix Barral, 2019), de Leonardo Valencia recibió el apoyo del escritor Francisco Proaño Arandi ―voto en solitario― y no fue galardonada.

La obra literaria de Salvador Izquierdo es prometedora: he leído Comunidad abstracta (Cadáver Exquisito Ediciones, 2015), Te Faruru (Campaña Nacional del Libro y la Lectura, 2016), Régimen, te perdono (La Caída Editores, 2017) y El nuevo Zaldumbide (Festina Lente, 2019). Los dos primeros relatos me cautivaron por su novedad e ingenio. Sobre El nuevo Zaldumbide conversé con Salvador Izquierdo durante una corta y grata visita que él y Romina, su compañera, me hicieran en Bahía de Caráquez. Le dije que me había gustado ese vibrante y a la vez enternecedor comienzo en que relata las circunstancias en que su abuelo Jorge Salvador le obsequia un ejemplar de La égloga trágica (Quito, 1956), de Gonzalo Zaldumbide ⎯obra y autor fueron estigmatizados por la crítica literaria de izquierda en los sesenta⎯.

Izquierdo lanza señuelos para una nueva lectura de Zaldumbide, pero su novela va más allá. Los recuerdos vigorosos de un abuelo que se erige como un súper yo ante el cual el narrado confiesa: «Pero sólo soy un nieto, nada más», se entrelazan con los devaneos en torno a un extravagante proyecto de investigación sobre «gafas de sol» y escritores, con reflexiones autobiográficas y también con sus opiniones sobre algunos aspectos de la vida literaria local. Como parte del cierre de la novela, ensaya una carta a Benjamín Carrión: «Necesito que interceda por mí, como habrá hecho en vida, por tantos otros artistas locales» dice en una de sus partes. La carta es una parodia, un punto de quiebre que por lo menos a mí, como lector, no terminó de convencerme. Más allá de los recursos que utiliza y de la temática de El nuevo Zaldumbide, mi preferencia permanece con los dos primeros libros citados.

Leonardo Valencia también ha sido un autor que ha atrapado mi atención. Sus dos ensayos El síndrome de Falcón (Funambulista, 2006) y Moneda al aire (Turbina Editores, 2018) han sido contribuciones significativas a la crítica literaria. Su novela El libro flotante, que tiene varias ediciones, es un ambicioso y logrado proyecto. Esto ha sido ampliamente reconocido por la crítica académica en las voces de Wilfredo Corral y Antonio Sacoto. No se quedan atrás El desterrado  (Debate, Madrid, 2000), sobre el que Christopher Domínguez Michael hizo un detallado comentario en la revista mexicana Letras libres (Domínguez Michael, 2000); ni el libro de cuentos La luna nómada, de la que existen varias ediciones, y por último, La escalera de Bramante (Seix Barral, 2019). 

Más allá de la decisión de la mayoría del jurado del Gallegos Lara, hago votos para que el reconocimiento a Salvador Izquierdo represente un renovado impulso a su creación literaria, que ya ha dado obras importantes a sus lectores

La recepción de esta última novela ha sido altamente positiva y la crítica ha destacado su riqueza estilística, el depurado lenguaje que utiliza, la compleja y lograda urdiembre y de tramas que transcurren en diversos escenarios y tiempos, personajes multifacéticos, el carácter metaliterario de muchos pasajes y una erudición que lleva al lector de la pintura, a la música, a la poesía, sin eludir los dramas y sentimientos que toda vida humana enfrenta en algún momento: el amor, la muerte, el desarraigo, el dolor, la amistad. El capítulo Las troyanas es soberbio y constituye por sí mismo una ineludible referencia. Está además la sorprendente mirada sobre Quito, que surge en los diálogos entre Raulito y el Cónsul, dos de sus personajes. Francisco Proaño Arandi resumió en su dictamen la riqueza de la novela ( (Centro Cultural Benjamín Carrión, 2019). La escalera de Bramante culmina un largo proceso creativo de Valencia que abarca el conjunto de su obra de ficción y de crítica.

El dictamen de un jurado responde a gusto e inclinaciones. ¡Son lectores! Sin embargo, algo de objetividad debe fundamentar sus decisiones. Tan solo la distancia temporal, más allá de las modas del momento y de las rencillas que caracterizan al mundo literario, podrá dar a una novela el lugar que le corresponde en el torrencial río de la literatura. Alicia Ortega Caicedo, profesora de la UASB y reconocida crítica de literatura, fue uno de los miembros del jurado del Gallegos Lara. Me interesa la crítica literaria, género poco cultivado en el país, de manera que hace poco leí su libro Fuga hacia adentro: la novela ecuatoriana en el siglo XX (UASB-Corregidor, 2017). Me sorprendió que el capítulo final, que tiene el sugestivo título ¿Desde dónde nos leemos? esté dedicado casi exclusivamente a rebatir las tesis de Leonardo Valencia expuestas en El síndrome de Falcón. En palabras de Ortega: «La ansiedad de nuestros escritores por participar en el canon de la “novela mundial” expresa una variante del deseo, de raigambre colonial, por formar parte de ese inapreciable ramillete literario metropolitano». (Ortega, 2017, pág. 433 y ss.) Es inevitable concluir que Valencia sería parte de estos escritores ansiosos de reconocimiento e inclusión en las capitales literarias. ¿Es censurable ese deseo? ¿Es ilegítimo que un escritor establezca como su escenario de referencia la «novela mundial»? ¿Es reprochable que jóvenes escritoras ecuatorianas procuren publicar en España y en Estados Unidos para ser parte de «ramillete literario metropolitano y así satisfacer un deseo de “raigambre colonial”»? No lo creo. Preguntas y preguntas: en su condición de jurado ¿Desde dónde leyó Alicia Ortega,  La escalera de Bramante? ¿Desde la crítica al cosmopolitismo y a la extraterritorialidad? ¿Desde su radical desacuerdo con El síndrome de Falcón? ¿Privilegió su juicio al crítico Leonardo Valencia y no la lectura de la novela La escalera de Bramante?

Más allá de la decisión de la mayoría del jurado del Gallegos Lara, hago votos para que el reconocimiento a Salvador Izquierdo represente un renovado impulso a su creación literaria, que ya ha dado obras importantes a sus lectores. Desde mis preferencias literarias, él y Sandra Araya destacan sobre la pléyade de escritores de su generación. Por otra parte, ni La escalera de Bramante ni Leonardo Valencia necesitan de menciones ni premios, aunque nunca están de más. Su calidad está sobre esto. Estoy convencido de que La escalera de Bramante es un hito. «Novela planetaria» la llamó Wilfrido Corral (Corral, 2019).

Trabajos citados

Centro Cultural Benjamín Carrión. (28 de Noviembre de 2019). http://ccbenjamincarrion.com/listos-los-ganadores-de-los-premios-municip.... Obtenido de http://ccbenjamincarrion.com

Corral, W. (2019). La utilidad de El síndrome de Falcón y Leonardo Valencia. Estudio introductorio. En L. Valencia, El síndrome de Falcón. Lectura inasible y nacionalismos. Quito: Centro de Publicaciones PUCE.

Domínguez Michael, C. (31 de Diciembre de 2000). Letras libres. Obtenido de https://www.letraslibres.com/mexico/libros/el-desterrado-leonardo-valencia

Ortega, A. (2017). Fuga hacia adentro. La novela ecuatoriana en el siglo XX: filiaciones y memoria de la crítica literaria. Quito-Buenos Aires: Universidad Andina Simón Bolívar-Corregidor.

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Yo, lector, y el Premio Joaquín Gallegos Lara
 
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