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14 de Enero del 2015
Ideas
Lectura: 11 minutos
14 de Enero del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Yo trabajé para ‘El Fantasma’
Era un verdadero fantasma. Uno con facha de gringo, con su cabello pelirrojo y un gran bigote. Sin embargo, su particularidad más distintiva no era esa sino su carácter: expansivo, casi campechano; el tipo de gente que se gana enseguida a su interlocutor. Pero no hablé con él del noticiario, ni de la línea editorial ni de nada de fondo; fueron solo unos minutos, como corresponde a un fantasma.

Mi desempleo duró pocas horas. Era 1998. La propuesta de ser director de noticias de Telesistema (actual RTS) llegó a las pocas horas de dejar Ecuavisa, donde renuncié a la gerencia nacional de noticias (eso significó entrar en la "lista negra" de Ecuavisa, pantalla en la que no he aparecido ni una sola vez en 16 años, a pesar de haber sido concejal, vicealcalde y alcalde encargado de Quito. Pero esa es otra historia).

No puedo negar que la propuesta fue una sorpresa halagadora, pues me había quedado en el aire, sin ningún plan concreto de trabajo. El gerente general de Telesistema, Carlos Muñoz Insúa –conocido abogado y dirigente deportivo de Guayaquil, con el que había hecho amistad diez años antes, desde cuando fue superintendente de Compañías en el Gobierno de Rodrigo Borja, y que era quien me había llamado–, tuvo la bondad de viajar al día siguiente de Guayaquil a Quito para cerrar el trato.

Aunque había sido periodista activo por muchos años y Secretario Nacional de Comunicación, yo no sabía, por paradójico que parezca, a quién pertenecía Telesistema ese momento. Suponía que, siendo el canal más antiguo del Ecuador, los dueños seguían siendo empresarios guayaquileños. Muñoz me sacó de mi ignorancia: el dueño era un empresario mexicano guatemalteco de nombre Ángel González. ¡Pegué un salto! Al haber vivido en Costa Rica, sabía que tres de los cinco canales de TV de ese país eran de su propiedad, y que en Guatemala, país que había visitado algunas veces, eran suyos todos los cinco canales de televisión abierta.

Había oído de su historia: la de quien construyó su imperio desde muy abajo, vendiendo películas viejas de Hollywood a canales con problemas, a los que extendía crédito y más crédito hasta que ya no podían pagarle y se quedaba con el canal. Algo similar había acontecido con Telesistema, y la razón de que yo no lo hubiera sabido es que la transacción se había perfeccionado después de que concluyó el Gobierno de Borja.

Con todo ello, me entraron las dudas sobre si aceptar o no la propuesta, pero Carlos Muñoz me aseguró que no había razón para preocuparme porque González no interfería para nada en el noticiero y que yo solo tendría que responder ante él, Muñoz. Me insistió durante un par de horas, y al final confié en la palabra del caballero y amigo y entré a dirigir el noticiero desde Quito y a conducir una entrevista diaria durante la emisión estelar de la noche.

Fueron años de intenso trabajo periodístico: el final del Gobierno de Alarcón, las elecciones y el triunfo de Mahuad, la firma de la paz con el Perú, la ley de la AGD, la quiebra de Filanbanco, el impuesto del 1% a la circulación de capitales, la extensión y profundización de la crisis económica, el feriado bancario, el congelamiento de los depósitos, el colapso del Banco del Progreso y de otros bancos, el salvataje bancario, la inflación desbocada, la emigración de miles de ecuatorianos. Sí, eso: la crisis más profunda de la historia del Ecuador. Y así, hasta la dolarización a la desesperada, el levantamiento de Quito y el derrocamiento de Mahuad.

Hasta entonces no tuve, y lo afirmo convencido, la menor interferencia en mi trabajo. Ese día del derrocamiento nuestra cobertura fue excelente y, como la necesidad es madre de la inventiva, no tener microondas para transmitir en directo desde la Plaza Grande fue compensado con análisis en el estudio (yo mismo estuve al aire numerosas horas, con la grata compañía de Ana María Serrano), reportajes grabados y contactos telefónicos.

Aquello nos llevó a uno de los mayores triunfos periodísticos del canal y de mi propia trayectoria: como había el rumor de que venían tanques de guerra a Quito, para supuestamente apoyar al oportunista golpe de Lucio Gutiérrez, Antonio Vargas y Carlos Solórzano, busqué confirmar la noticia, que se puso grave cuando una señora llamó diciendo que por Latacunga estaba pasando una hilera de tanques. No era cuestión de confirmar con radiodifusores sino con la fuente directa, la unidad de tanques: llamé a la Brigada Galápagos en Riobamba y pedí hablar con su comandante, quien felizmente se acercó al teléfono y se identificó como el coronel René López Tintín. Al averiguarle del asunto, me dijo terminantemente que no se había movido ni un solo tanque y que la Brigada no apoyaba a Lucio Gutiérrez. Le pedí decirlo al aire. Se resistió, pero aceptó cuando le dije que solo su palabra tranquilizaría a la población de Quito.

Esa noticia al aire fue una bomba, porque fue el primer jefe militar que se pronunciaba públicamente en contra del pretendido triunvirato. Y nos dio la pista para continuar entrevistando al aire a los jefes de otros destacamentos militares.

Mientras los demás canales simplemente reproducían lo que los golpistas decían en Palacio, mis llamadas iban acumulando una evidencia sustancial en su contra. La embajadora de EEUU me dijo, días después, que esa noche ella había recomendado al propio alcalde de Guayaquil, León Febres Cordero –quien ya estaba quemando archivos en la Municipalidad–, “que vea Telesistema y solo Telesistema”.

Cuando llegamos a 15 llamadas al aire, con entrevistas a jefes de cuarteles en toda la geografía ecuatoriana, yo quería dejarlo pero mi productor me dijo “¿Estás loco? Tenemos la mayor audiencia de la noche. ¡Seguimos!”. Hicimos una treintena de llamadas de las cuales 26 salieron al aire. 23 de los jefes entrevistados declararon su apoyo al Comando Conjunto y solo tres se lo dieron al triunvirato. Creo que, entre los diversos servicios que he prestado a la democracia, ese fue uno muy especial, y fue posible por la libertad de que gocé, a pesar de que Muñoz Insúa me llamó en algún momento para pedirme que no utilizara los términos “golpistas” y “golpe de estado”. Fue la única observación en toda la noche. “No vaya a ser que ganen”, me dijo, con una risilla nerviosa.

¿Qué pasó después? Ascendió al poder el vicepresidente, Gustavo Noboa Bejarano. Fue cuando empecé a sentir un ligero cambio de viento: creo que por tratarse de un guayaquileño, la sensibilidad de Muñoz Insúa era mayor y me pedía cautela en la línea editorial. Esos escrúpulos crecieron en la campaña electoral para alcaldes. El respaldo que siempre había tenido en Muñoz empezó a declinar. Le molestaban algunas de las entrevistas que hacía. Quiso conocer con anticipación a quién invitaba, lo que me parecía lógico; más bien, me había asombrado que no me lo pidiera en los dos años previos, y empecé a enviarle cada mediodía, igual que lo hacía a mis colegas de la redacción en Guayaquil, la bitácora del noticiario y el tema y el invitado de la entrevista de la noche. Pero las diferencias crecieron, y cuando quiso que sometiera a su aprobación los nombres de los entrevistados, renuncié.

¿Estuvo “El Fantasma” detrás de ese cambio? No lo sé con seguridad. Podrían haber sido opciones políticas del propio Muñoz Insúa. Pero sabiendo que el principio con el que maneja sus medios González es llevarse bien con los gobiernos, creo que yo resultaba demasiado “politizado” para que el tipo de noticiario que requerían. No puedo saberlo; a  González lo vi una sola vez, en 1999. Era un verdadero fantasma. Un fantasma con facha de gringo, con su cabello pelirrojo y un gran bigote (el único rasgo que podría considerarse mexicano pero era un bigote muy rubio). Sin embargo, su particularidad más distintiva no era esa sino su carácter: expansivo, casi campechano; el tipo de gente que se gana enseguida a su interlocutor. Pero no hablé con él del noticiario, ni de la línea editorial ni de nada de fondo; fueron solo unos minutos, como corresponde a un fantasma.

Hoy, 16 años más tarde, González es dueño de varias decenas más de estaciones de radio y televisión en América Latina y el Ecuador, y de algo hasta hace poco impensable: del mismísimo diario El Comercio, el decano de la prensa capitalina. Actúe como actúe González es muy grave que la capital de la República se haya quedado sin diarios en papel de propietarios quiteños. Pero es más grave que González, un extranjero que no conoce a la capital, ni su historia, ni el rol de sus medios, sea ahora, de golpe, el magnate de los medios de Quito pues posee El Comercio, Últimas Noticias, Gatopardo, La Familia, Líderes, Carburando, radio Quito, radio Platinum, varias otras radios, el canal y la radio que eran del diario Hoy, y muy probablemente, una buena tajada de Teleamazonas. ¿Es La Hora el último salvavidas de la prensa quiteña? ¿Cuánto tiempo durarán los medios de propiedad de González con una línea editorial mínimamente cuestionadora? La experiencia me dicta que tanto cuanto no sea verdaderamente molestosa para el Gobierno, gobierno que, como sabemos, tiene la mecha corta.

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