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13 de Mayo del 2019
Investigación
Lectura: 18 minutos
13 de Mayo del 2019
Redacción Plan V
Diario de una esclava sexual en la Frontera Norte
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Foto referencial: Edu León

La esclavitud sexual es un sistema que imponen las redes de trata de mujeres en la Frontera Norte.

La esclavitud sexual de mujeres en la Frontera Norte tiene su modus operandi. En la tercer entrega sobre el informe "La trata ente el espejo", se pone en evidencia los mecanismos de sujeción, dominio y esclavización de un promedio de 100 mil mujeres cada año en cuatro provincias del Ecuador.

Lea aquí la primera parte y la segunda parte de esta investigación.

Digamos que usted, lector, lectora es migrante desempleada, aún sin regularizar su situación migratoria —no digamos víctima de la guerra, desplazada o expulsada de su tierra—, desempleada nomás. Usted pacta condiciones, digamos que acepta el trato en principio:

Usted va a solicitar un trabajo a un establecimiento comercial. Para darle trabajo, usted debe “depositar” 500 dólares, pero como no los tiene, es una deuda suya a partir de ese momento (se abona a comida, alojamiento, protección, transporte, sábanas, condones, más lo que se acumule o se le ocurra a su patrón —a esto hay que incrementar el costo diario de cada rubro—). Usted debe entregar sus papeles, pasaporte, carnet de identidad, partida de nacimiento, o cualquier identificación, que queda bajo “custodia” de su “empleador” (una custodia que no cesa, sino que se transfiere a su siguiente patrón).

A partir de que se “contrata”, usted debe vivir en el lugar de trabajo, y no puede salir bajo ningún concepto, durante las 24 horas del día. Su cuarto es el mismo lugar de trabajo, mide un metro cincuenta por un metro veinte centímetros, en donde “cabe” una cama de cemento, con un medio colchón sucio, y en un rincón hay una pileta de cemento, de unos 20 x 20 cm, con una llave de agua y un cubo que hace las veces de baño.

En su lugar de trabajo, usted debe recibir a los clientes de su patrón —no son clientes suyos, usted no cobra, lo hace su patrón—, y “atenderlos” como se les ofrezca, es posible que quieran obligarle a tener sexo sin condón...  Si se niega usted, será “multada” con al menos 30 dólares.

Si usted acepta tener sexo sin condón —y aún con él— correrá riesgo de contraer enfermedades venéreas, infecciones de transmisión sexual, VIH, embarazos no deseados, abortos inducidos. Si usted no se “comporta” como “debe”, puede ser objeto de castigos corporales, violencia física, violaciones múltiples y en repetidas ocasiones.

Si usted recibe una visita personal o pretende salir a visitar a algún familiar, usted deberá pagar una multa, que puede variar entre los 30 y 50 dólares.

Si usted quiere “ganar” un poco más de plata —aún y cuando usted no ha recibido ni un centavo por su trabajo—, entonces, debe sentarse a beber alcohol con los clientes de su patrón, para “impulsar” el consumo, otra de las fuentes importantes de ingresos del patrón.

Si usted tiene hijos, debe dejarlos fuera del negocio, literalmente en la calle. Por lo regular se puede contratar alguna vecina que los cuide por 100 o 200 dólares al mes, sin ser familiares, por lo que si se enferman o necesitan algo, usted deberá pagar las multas necesarias para poder solucionar su problema.

Si usted recibe una visita personal o pretende salir a visitar a algún familiar, usted deberá pagar una multa que puede variar entre los 30 y 50 dólares. Si habla con alguien ajeno al local comercial, sin permiso, pagará multa: 30 dólares. Si usted decide “salir” a trabajar a una casa u hotel, entonces la multa puede llegar a ser de 120 dólares. (no se preocupe si no tiene para pagar, siempre tendrá usted crédito).


Un detalle de uno de los burdeles en la provincia de Sucumbíos Foto: Edu León

A los 15 días, usted aún no conoce a nadie, llega un vehículo por usted, para llevarle a su “nuevo” trabajo, y usted es transportado a otra ciudad, en otro establecimiento comercial, con otro patrón, al que cada día le debe más, hasta que pasan otros 15 días y de nuevo usted es ubicado en otro centro de trabajo, en los que no podrá recuperar su vida, su dinero, su identidad, su calidad de persona, porque desde que se “contrató”, es usted la mercancía de un negocio que va más allá de su comprensión y alcance.

Es posible que sea usted, quién por su cuenta deba trasladarse a otra ciudad, otro negocio, otra vida, porque es muy posible que, si usted tiene hijos, su patrón los tenga bajo su “custodia”, y como “garantía” de su “trabajo”...

No en todas las mujeres se cumplen todas estas situaciones de oprobio, pero en la mayoría se suceden muchas de ellas. Y al final, aunque medie un supuesto acuerdo en principio, o un consentimiento inicial, este siempre se ve anulado por los métodos empleados para que las mujeres esclavizadas cumplan con ese acuerdo.

Este sometimiento laboral incluye, para dejarlo explícito, un permanente endeudamiento exponencial de las mujeres (cada día mayor, a cada “alimento” recibido, cada día de “hospedaje”, cada día de  “protección”, cada día de explotación hace que crezca la deuda), como mecanismo de sujeción, dominación y esclavización. Deudas impagables, a deudores sin rostro –pues nunca le deben al mismo, siempre son diferentes dueños de la deuda, pero la deuda siempre es la misma-, que se paga una y otra vez y jamás se acaba.

Es posible que sea usted quien deba trasladarse a otra ciudad, otro negocio, otra vida, porque es muy posible que, si usted tiene hijos, su patrón los tenga bajo su “custodia”.

Las cadenas de la esclavitud sexual

Uno de los factores que permiten el funcionamiento “normal” del negocio de la explotación sexual a niveles de esclavitud es la construcción de redes de tratantes. Es en realidad más una cadena, porque es un intrincado entramado de grilletes que sujetan a las mujeres a una explotación sexual no consentida y con múltiples —en muchos casos miles— de victimarios, porque en cada violación, en cada “relación” no consentida la mujer es victimizada por quién la lleva a cabo.

Éstas redes no son originales, o fundacionales en el Ecuador, funcionan en forma similar en todo el planeta. Así, encontramos testimonios parecidos en Bélgica, en Francia, en España, en Madagascar, en Etiopía, en Singapur, en Bangladesh, en EEUU, en México, en Panamá, en Chile, en Perú... Éstas redes de tratantes suelen tener interconexiones —por intereses comunes— redes trasnacionales. Así, cuando tienen “mercancía de primera calidad” (niñas menores de 15 años, mujeres de clase alta, o bajo características específicas o pedido) las mujeres con trasladas a otro país.

Ecuador es un país que mayormente es usado como destino de la trata, es por ello que entre los testimonios de esta investigación, las organizaciones de derechos humanos, la Red de Trabajadoras Sexuales, funcionarios públicos y nuestras propias observaciones determinan que se puede hacer una estimación de que más de 85% de las mujeres que se observan en los burdeles son de nacionalidad colombiana.

Estas redes tienen “reclutadores” que pueden ser hombres o mujeres, cuya tarea es:

Atraer a las mujeres a la red, mediante engaños, ofertas de empleo diversas –meseras, empleadas de restaurante, cocineras, lavanderas, o sí, a veces se les dice a las mujeres que deberán trabajar en la prostitución, más este “consentimiento” nunca incluye el conocimiento de las condiciones de esclavitud y sometimiento personal, laboral, económico y de vida a las que se verán sujetas-; otra “oferta” común es, en el caso de que los enganchadores sean hombres, el enamoramiento, el chantaje emocional, siempre realizado a mujeres vulnerables, pobres, marginadas que ven en estas ofertas “amorosas” la posibilidad de salir de la miseria.


Foto: Edu León

A veces, simplemente se recurre a la violencia física directa, se secuestra a las mujeres, se las viola sexualmente, se las golpea y se las somete.

Crear las condiciones para que las mujeres se aproximen o queden bajo el control de la red, aún si no pueden insertarlas directamente. Es decir, a veces acercan a las mujeres a poblaciones, las extraen de su medio social y cultural, para dejarlas en estado de vulnerabilidad.

A veces, simplemente se recurre a la violencia física directa, se secuestra a las mujeres, se las viola sexualmente, se las golpea y se las somete.

Según los testimonios, las “recompensas” o pagos por cada mujer varían en función de la “calidad de la mercancía”, éstos pueden ir de los 100 a los 500 dólares. En las redes también cumplen un papel los que señalan o “marcan” a las mujeres que llegan a diversas poblaciones, se ubican en el terminal del bus, y ubican a mujeres susceptibles, solas, evidentemente pobres. Éstos suelen ser taxistas, peluqueras, vendedores de calle que pueden recibir hasta 50 dólares por un “buen” señalamiento.

Sigue una estructura de vigilantes, que se responsabilizan del traslado, manutención y sostenimiento de las diversas estaciones de transferencia de mujeres. Primero las llevan a hoteles o casas de seguridad, en donde las mujeres son violadas en repetidas ocasiones –“entrenamiento” le llaman-, para poder ser prostituidas. A veces drogan a las mujeres, y si algunas de ellas se hacen adictas, eso les facilita la dominación y así generan otros mecanismos de dependencia. Ellos son responsables de elegir a las mujeres que “pueden” ir a los centros urbanos grandes o las que irán a la selva o lugares más inhóspitos:

Si son mujeres que tienen mucho miedo y se someten fácilmente, pueden entrar de lleno al circuito.

Si son mujeres rebeldes, o más fuertes, son llevadas a lugares en dónde será más sencillo “deshacerse” de ellas si es preciso-; los vigilantes suelen viajar entre las provincias en el trasiego de las mujeres.

Suelen tener contacto con los proxenetas de la prostitución de calle, de dónde recuperan información valiosa sobre la movilidad de las policías, operativos, batidas e intercambio de mujeres. Estos personajes son claves en la construcción de la red, porque conocen casas, hoteles, túneles o “bunker”, escalas seguras, refugios, recorridos, funcionarios “amigos” —de toda índole—, y todos los mecanismos que les permiten una libre movilidad por el territorio nacional. Suelen ser responsables de los castigos a las mujeres insumisas, que pueden ir desde violaciones, golpes, fracturas planeadas, o asesinatos en caso de fugas o delaciones.

En promedio, las mujeres en los prostíbulos mantienen una estadía no mayor a las dos semanas, los dueños de los burdeles afirman que se trata de un asunto puramente comercial.

Otro elemento importante en la cadena es el dueño o administrador (suelen ser mujeres) de los burdeles, prostíbulos o night club , quienes reciben a las mujeres y se “comprometen” a mantenerlas dentro del local —por ello, cuando alguna mujer sale “aunque sea a comprar chicles” se le cobra una multa, casi siempre estas multas son de 30 dólares—. Los burdeles “protegen” a las mujeres durante los quince días de estancia:

En promedio, las mujeres en los prostíbulos mantienen una estadía no mayor a las dos semanas, los dueños de los burdeles, en entrevista, afirman que se trata de un asunto puramente comercial “cuidamos el negocio”, “tenemos la mejor mercancía”, “siempre buscamos lo mejor para nuestros clientes”, “hay que mover la mercancía para que siempre atraiga a los clientes”. El argumento siempre termina por cosificar a las mujeres, que sólo son un insumo más del negocio. Y en efecto, eso son.

En términos reales, la estancia corta de las mujeres en los burdeles, tiene que ver con el sometimiento a que son sujetas, porque en ese lapso de tiempo no pueden establecer relaciones con los clientes, ni vecinos; no desarrollan amistades firmes entre ellas; a veces ni si quiera saben en dónde se encuentran, porque les es impedido salir de los locales, y muchas de ellas prefieren no hablar con los “clientes”, por miedo y porque los “clientes” en este plano son un victimario más de la cadena.

Los dueños de los burdeles son muy importantes pues ellos administran los bienes del negocio, reciben la ganancia en primera instancia y distribuyen pagos a los “dueños” de las mujeres, a sus propios mecanismos de vigilancia, crean sus propias redes de seguridad local, que casi siempre involucran a policías, y funcionarios públicos que les permitan operar con tranquilidad –en Acercamiento institucional de este mismo informe, tratamos de describir esta parte del fenómeno, y sus implicaciones.

La parte final de la cadena, en la cúspide, se encuentran los tratantes, “dueños” de las mujeres, de vehículos, de casas, de hoteles incluso, que les garantizan movilidad, seguridad, y estabilidad financiera. Estos solían ser llamado proxenetas, chulos, maridos, padrinos, madrinas, tías, o patrón/patrona.

Mujeres de características físicas muy atractivas, jóvenes y bien formadas, pueden destinarse a “atender” el turismo sexual, son ofrecidas por catálogo por cifras elevadas.


Cochones usados en los burdeles en la frontera norte van a parar a la zona de desechos Foto: Edu León

Su papel es —además de enriquecerse de la explotación sexual de, literalmente, miles de mujeres—, de encontrar los “nichos de mercado” de su negocio, así, observan la “calidad” de la mercancía de su propiedad –las mujeres-, y deciden su destino:

Menores de 15 años suelen ser subastadas en las ciudades grandes (se sabe que en Quito una menor puede ser subastada entre los mil quinientos dólares –para insertarla en el circuito de la trata-, o hasta 25 mil dólares –por “una sóla vez”, siempre a personajes conocidos o públicos, por lo que después de que son “usadas”, las niñas desaparecen).

Mujeres de características físicas muy atractivas, jóvenes y bien formadas, pueden destinarse a “atender” el turismo sexual, son ofrecidas por catálogo por cifras elevadas. Regularmente se usan los vínculos con los hoteles de las ciudades para su distribución y movilidad, con la complicidad de los empleados de los establecimientos, quienes “ofrecen” estos servicios especiales del hotel a sus huéspedes.

Mujeres para espectáculos, pueden ser sesiones fotográficas, películas domésticas, sesiones de tortura y fetichismo, o sexo en grupos. La gran mayoría de las mujeres es destinada al tipo de trata o esclavitud que esta investigación documenta, la que se vive en los burdeles.

Estos personajes son dueños del tiempo y la vida de las mujeres, deciden sobre su destino, su salud, y son la última palabra en materia de ingresos y egresos en el negocio. Mantienen relaciones de alto nivel social, y suelen tener más de una red, o redes para diversos fines; son realmente pocos a nivel nacional, y a veces también son dueños de redes de burdeles a nivel nacional (en esos negocios es “normal” según los testimonios de todas las Intendencias de Policía –responsables de la regulación de este tipo de negocios-, que nunca se sepa el nombre de los dueños reales, y siempre hay administradoras/administradores que pueden ser fácilmente removidos o puestos en prisión de ser necesario sacrificar a alguien, para tranquilizar a alguna autoridad).

En el terreno financiero, la legalidad bajo la que operan estos negocios les permite crear vínculos financieros y bancarios legítimos, por lo que no suelen precisar de mecanismos de lavado de dinero. Por el contrario, sería muy sencillo usar estos negocios como fachada para el blanqueo de fondos de otro tipo de “empresas” ilícitas.

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