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4 de Marzo del 2015
Investigación
Lectura: 32 minutos
4 de Marzo del 2015
Susana Morán
El drama del agua en la cárcel de Latacunga

Foto: Presidencia de la República

El presidente Correa durante una visita a la cárcel de Latacunga.

 

La ministra de Justicia, Lady Zúñiga, es la responsable del bienestar de más de 24 000 presos a escala nacional.

 

El Centro de Rehabilitación Social de Cotopaxi cumplió un año de funcionamiento el pasado 21 de febrero. Desde su inauguración, los internos y sus familiares han reclamado por el servicio del agua. Plan V recogió testimonios de decenas de actores relacionados con la cárcel desde mayo de 2014. Dos médicas confirmaron la presencia de afecciones en la piel por causa del agua. Un técnico reconoció que el nivel de arsénico del líquido vital de la planta potabilizadora supera los límites que establece la norma INEN. Ninguna autoridad accedió a una entrevista con este medio. Los nombres y las voces de los audios que se publican en esta investigación fueron cambiados para proteger la identidad de los testigos.

@susanamorg

La cárcel y el agua

“Si usted pone agua en una botella al abrirla suena como si tuviera gas”. “Es como tomar agua con gas, pero sucia”. “Si la deja reposar por una hora, en el fondo se forma una capa de tierra”. “Era amarilla, ahora tiene mejor color”. “Me provocó estos hongos y por mi alergia cada vez que me baño la piel se me hace roja”. “Deja mi cabello tieso”. “Es como el agua de mar, salada”.

Análisis químico del agua de la cárcel solicitado por la empresa Acuatecsa, que instaló la planta potabilizadora. En la segunda página se registra que los niveles de arsénico en abril del año pasado se encontraban en 0,05 miligramos por litro. La norma INEN fija como límite 0,01 mg/l.

Las descripciones del agua de la cárcel de Latacunga —que cumplió un año de funcionamiento— son diversas, pero a la vez coinciden en tres aspectos: gas, sedimentos y hongos. Plan V ha recopilado los testimonios de decenas de personas relacionadas con ese centro penitenciario desde mayo del año pasado. El grupo incluye hombres de los pabellones de mínima y mediana seguridad. Mujeres presas o que han salido en libertad en los últimos meses por la rebaja de penas. Sus familiares o allegados que ha sido entrevistados afuera de la cárcel o en Quito. Médicas, activistas y grupos de apoyo a los presos. La mayoría bajo la condición estricta del anonimato.

El agua ha sido una preocupación permanente en la cárcel de Latacunga desde su inauguración. Hasta allí fueron trasladados los primeros 351 presos desde el expenal García Moreno de Quito, el 21 de febrero de 2014. Es recordada la protesta que protagonizó ese primer grupo cuando lanzaron a los guías sus heces por haberlos pasado a una cárcel inconclusa y por la falta de servicios básicos. Las autoridades dijeron haber acabado con los “privilegios” de un grupo de internos y por eso los reclamos.

Los presos prefieren comprar el agua embotellada que les provee el economato, donde pueden acceder a víveres y productos de aseo si sus familiares depositan cada mes USD 40. En más de una ocasión sus allegados han sacado agua del baño de las salas de visita para llevarlas a analizar.

Pero los familiares denunciaron que el agua les llegaba por tanqueros y que no era permanente para el baño. La ministra de Justicia, Ledy Zúñiga, lo desmintió en un tuit el 11 de abril de 2014: “Agua para #CRS Regional Cotopaxi, se provee a través de una planta de tratamiento propia”. Semanas antes, Zúñiga, aún como presidenta del Consejo de Rehabilitación, abrió una llave ante los medios de comunicación para utilizar el lavamanos y confirmar que corría agua.

Hoy la población de la cárcel, a la que las autoridades llaman Centro de Rehabilitación Social de Cotopaxi, suma 3.820  presos, según la prensa oficial. Hombres y mujeres cumplen sus penas en edificios separados. No tienen ningún contacto. Mas sus testimonios por las molestias que les produce el agua son similares. Prefieren comprar el agua embotellada que les provee el economato, donde pueden acceder a víveres y productos de aseo si sus familiares depositan cada mes USD 40. En más de una ocasión sus allegados han sacado agua del baño de las salas de visita para llevarlas a analizar. También han enviado cartas con sus preocupaciones tanto a los directores del centro como a Justicia, la Defensoría del Pueblo y la Presidencia.

Activistas por los derechos humanos también se han pronunciado. El más reciente reclamo está en el Informe Sombra para la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (Cedaw, por sus siglas en inglés) de noviembre del año pasado. Bajo el capítulo “Las mujeres en prisión” se cuenta el caso del centro de Latacunga y sobre el agua dice: “Los servicios básicos son inadecuados, el agua presenta un sabor desagradable y un tufo hediondo; informes extra oficiales dan a conocer la presencia de arsénico”. Pero de esto los funcionarios de los ministerios de Justicia y Salud han evitado pronunciarse (ampliación más adelante).

Mientras tanto, los presos han creado ciertas rutinas para consumir agua en diferentes momentos del primer año de la cárcel. Las escenas se han desarrollado incluso en los consultorios médicos del centro. Plan V entrevistó a dos doctoras, que pidieron reservar su nombre, y que fueron testigos del día a día de la cárcel entre abril y mayo de 2014 :

Patricia, médica general: “No podíamos desperdiciar el agua que teníamos” (Abril-mayo 2014)

“Al inicio del traslado todo el mundo fingió tener un síndrome de abstinencia para poner salir a tomar un vaso de agua. Lo más triste para ellos fue el agua porque al principio no había. Los médicos usábamos guantes y gel desinfectante para cada paciente. No podíamos desperdiciar el agua que teníamos porque era para darles la medicina. Teníamos un botellón adentro y tres botellones más afuera. La segunda vez que fui había agua en botellas pequeñas. Nosotros (los médicos) no teníamos ni agua para los baños ni para lavarnos las manos. Obviamente los presos tampoco. Son cinco personas en cada celda que comparten un servicio higiénico y como ellos no tenían la posibilidad de mandar el agua siempre tenían allí las heces. Inclusive una vez un paciente me dijo que no podía realizar la deposición porque sus compañeros le iban a golpear. Ellos no podían gastar el agua para mandarla en el baño porque tenía que tomarla. Venían camiones para darles agua en galones. Tenían que tomar el agua racionado. Esto fue al inicio, quizá dos o tres semanas. La segunda vez que fui ellos ya se bañaban. Hubo deshidratación que agudizó el síndrome de abstinencia. La segunda vez registramos problemas dermatológicos por el por el agua, no sé de donde viene el agua o cómo la adquieren, pero la mayoría de pacientes tenían micosis. En las noches, ingresábamos a las celdas y les dábamos agua y sales de hidratación oral. La comida no era tan buena ni tan mala. Pero para los presos eran un insulto porque nos comentaron que ellos se trataban como reyes. A mí no me hizo mal comer allí. Un día les dieron arroz con un pedazo de salchicha. Ese día se enojaron mucho y encima no les dieron agua. Entonces cogieron la deposición y como protesta la pegaron en las ventanas (..)  La micosis no tenía otra explicación: era el agua. Tenían micosis en la cabeza, brazos y piernas. Las personas más afectadas eran la mayores. Había un señor que necesitaba como sea crema para ponerse en el cuero cabelludo porque tenía un serio problema de micosis. Teníamos cremas, pero no podíamos entregarles una a cada uno, les dábamos un poco y les aplicábamos una cucharada pequeña.  En algunas personas sí había un proceso preocupante. Entre los cinco privados de libertad en cada celda había jerarquías. Entonces los de mayor jerarquía usaban la mayor cantidad de agua y los otros no. Con el pasar de los días ellos se iban sumiendo en la deshidratación aunque la comida les suplía agua, les daban agüita de anís o de canela. Pero de cualquier manera era poco. Estimo que tenían dos vasos de agua cada uno y lo que les daban en cada comida. Ellos se quejaban porque también son seres humanos y no era justo que los traten así”.

Testimonio de una doctora que atendió a los presos en mayo de 2014. Su voz ha sido modificada para proteger su identidad.

Sonia, médico general: “El agua les produjo micosis” (Mayo 2014)

“Ellos salían al médico porque no les daban agua. En su celda tenían literas, un lavabo y el baño. Ellos me decían que eso no es agua para tomar y quise comprobar. Puse agua en un vaso y después de dos minutos había ceniza en el fondo. Nunca la probé. Incluso ellos iban al doctor solo para que les demos el agua que usábamos para dar las pastilla. Muchos venían solo por el agua. Éramos cuatro médicos y cada uno atendía alrededor de 40 personas. Entonces tratábamos entre 160 y 180 personas por día. Era bien raro el que no pedía agua. Una vez llegó una señora que dijo que era la Viceministra de Salud y le comentamos lo del agua. Nos dijo que el agua tiene minerales y por eso es así, que ellos ya han probado y que en realidad es agua potable. Pero no me parecía. Incluso el agua de la tasa del baño tenía tierra. Nosotros veíamos por eso enfermedades de la piel, la gente tenía micosis, que son lesiones dérmicas que se produce por hongos. Yo estoy segura que eso les producían el agua. A cada preso que venía intentaba darle una botella de agua, de las 50 que tenías. Pero eran como 150 pacientes. Cuando se acaban las botellas les dábamos agua del botellón en fundas o vasito. Ellos se iban agradecidos. El 90 por cientos de los pacientes tenían problemas de abstinencia y de la piel. Mucha gente venía por diarreas. Se quejaban de la comida. A mí no me parecía tan mala. Pero yo creo que ellos estaban muy mal enseñados. Cuando yo estuve ya mejoró. Sí pueden mantenerse con un vaso de agua, pero incluso eso les puede dar más ansiedad. Debe ser horrible vivir así”.

Testimonio de dos mujeres que salieron del pabellón femenino de la cárcel a finales del año pasado. Sus voces también fueron modificadas.

La comida es otro cuestionamiento reiterado de los familiares e internos del centro penitenciario de Latacunga. En Youtube circula un video de hombres, cubiertos sus rostros y en un celda, que exponen las “cosas que no están saliendo” como las autoridades “dicen”. Plan V pudo comprobar la autenticidad del video hecho con un celular en ese centro, que dura 02:37 y fue realizado un día después de la muerte del interno Jimmy Alarcón, el 6 de enero de 2007, cuando se produjo también una protesta de los presos en esa cárcel. El audiovisual está montado sobre una noticia de ese centro. Aparece desde el segundo 00:47. En el video, los hombres se dirigen a la ministra de Justicia, Ledy Zúñiga, y al presidente Rafael Correa y cuestionan la versión oficial de la muerte de Alarcón y de otros casos. “Nos traen comida podrida”, es otra afirmación.

En los Principios y Buenas Prácticas sobre la Protección de las Personas Privadas de Libertad en las Américas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se establece que “toda persona privada de libertad tendrá acceso en todo momento a agua potable suficiente y adecuada para su consumo”, así como su “ derecho a recibir una alimentación que responda, en cantidad, calidad y condiciones de higiene, a una nutrición adecuada y suficiente”.

En el último acceso que tuvo Plan V a la cárcel de Latacunga, el 17 de enero pasado, una interna contó que les proveen agua en bidones para el consumo. O “hacen vaca” para comprar con sus cuatro compañeras el galón que ofrece el economato a USD 1,25. El domingo pasado, en Quito, una mujer de largos y vistosos aretes que hace un mes recuperó su libertad dijo: “Si uno comete un error debe pagarlo, así que yo acepté todo. Pero el Inca no era cárcel sino una casa. Latacunga sí es cárcel”.

El hombre asegura que sus cuatro compañeros de celda y él beben agua comprada de botellón porque no creen que el agua del centro sea apta para el consumo. “Cada semana compro dos botellones de 6 litros a USD 1,30.

Las escenas

Agosto 2014. El hombre y su mamá conversan en el fondo de la sala de visitas de la cárcel de Latacunga. Tres guías pasean por el lugar ocupado por decenas de familiares que han llegado ese día para ver a sus padres, hijos o esposos. La madre duda en hablar. Pero él la alienta y lo primero que cuenta es que está sin medias. “Me las acabo de sacar para dárselas a mi hijo”. El hombre se levanta el pantalón anaranjado de su uniforme y las muestra. Es la única manera de ingresar una prenda que los reclusos necesitan, dice la señora. Pero el interno la corta. “Vea aquí el principal problema es el agua”. La madre asiente. El hombre asegura que sus cuatro compañeros de celda y él beben agua comprada de botellón porque no creen que el agua del centro sea apta para el consumo. “Cada semana compro dos botellones de 6 litros a USD 1,30. De los cinco que somos, solo yo tengo para el economato (tienda donde adquieren productos de limpieza y víveres a los que acceden tras un depósito de USD 40) y les brindo medio vasito. El agua me dura poco. Cuando salgo al médico siempre llevo una botella y mientras las doctoras buscan mi historia clínica cojo el agua del botellón de ellas”. La visita está por terminar. El hombre saca un esfero y escribe al disimulo en un papel su nombre y el teléfono de su mamá. La señora duda nuevamente. “Llámela por favor para que sigan conversando”.

Testimonio de un familiar de un interno en el pabellón de hombres de la cárcel de Latacunga. Su voz fue modificada para mantener su anonimato.

Noviembre 2014. Es la hora de visita y el lugar está repleto. Las voces arman un arcoiris de acentos. Es el hotel Carrión, ubicado en el centro norte de Quito,  adonde van los extranjeros detenidos por Migración. El encuentro es con dos mujeres africanas. Han cumplido su condena por tráfico de drogas en octubre del año pasado. Fueron parte del grupo de mujeres trasladadas del centro del Inca, en la capital, hasta la cárcel de Latacunga en septiembre de 2014. Pero seguían encerradas en el hotel hasta arreglar su situación migratoria. La entrevista de la mañana no fue posible. Una de las mujeres entró en llanto apenas fue consultada sobre su permanencia en el centro penitenciario. Para la tarde, más tranquila y en un español muy precario empezó su relato: “Me desmayé por falta de agua”. Su cabeza está cubierta por un pañuelo y sus brazos son flacos. “Estaba tomando una pastilla que hacía que tome más agua. Me pusieron suero, no podían encontrarme la vena los doctores”. Las mujeres aseguran que les fue cortado el suministro de agua al siguiente día de su traslado. Fueron tres días sin líquido vital. “La cárcel no estaba lista para nosotras”, interrumpe su compañera. Las mujeres se preguntaban por qué les quitaron el agua recién llegadas al nuevo centro. Recuerdan el mal olor que eso provocó. Días después los problemas siguieron, según sus testimonios: Guías que ayudaban a ingresar botellones de agua, médicas que les preparaban una ensalada de frutas para mejorar sus problemas digestivos por falta de verduras en la comida, hongos en la piel. El guardia anuncia que la hora de visita ha terminado. Las mujeres dicen sentirse agradecidas por ya no estar en Latacunga, aunque sigan encerradas.

Febrero 2015. La mujer llega a la estación del Trolebús, en el sur de Quito, con una botella de plástico con agua. “Esto le manda mi esposo”, dice la señora. Es una botella de yogurt que ha sido lavada para contener el líquido vital. Tiene aún la etiqueta del producto original. En ese recipiente, el esposo de la mujer envió al exterior el agua que sale por los grifos de la cárcel de Latacunga donde él está recluido. “Por favor mande a analizarla”, ruega la señora. Un día antes de la cita con Plan V había visitado a su pareja en el turno de las 08:00. De allí salió con la botella y una carta dirigida al presidente Rafael Correa. La fecha de la misiva es del 24 de febrero de 2015. Es un texto de tres páginas escrito a mano. “Este centro no se llama centro de rehabilitación, se llama centro de torturación”, se lee al final de la segunda página. Allí, su esposo junto a una decena de internos más denuncian —entre otras cosas— lo que ellos dicen que les produce el agua: alergia. La señora antes de irse vuelve a insistir en un análisis del líquido. Entrega la botella y se va. Un serie de partículas amarillas nadan en el fondo del recipiente.

Es un texto de tres páginas escrito a mano. “Este centro no se llama centro de rehabilitación, se llama centro de torturación”, se lee al final de la segunda página.

El cerco informativo

Desde hace siete meses, Plan V ha solicitado una entrevista con la ministra de Justicia, Ledy Zúñiga, sobre la situación del centro de Latacunga. Los pedidos por correo electrónico se hicieron en julio y diciembre del 2014, y en enero pasado. Estuvieron dirigidos a tres distintas asesoras de comunicación del Ministerio. El 18 de febrero, también por correo electrónico, Plan V insistió al subsecretario de Rehabilitación (e), Ramiro Núñez, la entrevista con la Ministra, sin ninguna respuesta hasta el momento, quien verbalmente se había comprometido a contestar las preguntas pertinentes. Durante ese tiempo, esta revista ha enviado dos pedidos a Justicia, basados en la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública (Lotaip), para acceder a  los informes técnicos de evaluación de la calidad de agua en la planta de tratamiento del centro de Latacunga, así como los informes de fiscalización de la construcción de dicha planta y el tendido de tuberías. El primer pedido fue enviado el 17 de julio y el segundo el 21 de noviembre del año pasado insistiendo en los documentos, más los contratos de construcción de los centros penitenciarios de Latacunga, Turi (Cuenca) y Guayas y con los proveedores de la alimentación y del economato. Ninguno tuvo respuesta, aunque la Lotaip da un plazo máximo de 10 días, más cinco de ampliación para las contestaciones.

Desde el inicio del traslado, Justicia ha defendido que el abastecimiento del agua en el centro es normal. En un comunicado del 25 de febrero del año pasado, 4 días después del traslado de los primeros presos, decía que los privados de libertad “cuentan con el servicio de agua potable las 24 horas del día”. “En el Centro Regional se garantiza el respeto a los derechos humanos y se avanza en un verdadero programa de rehabilitación social”, dijo Zúñiga el 28 de febrero de 2014.

Asimismo, Plan V pidió en julio del año pasado una entrevista al Ministerio de Salud, a cargo de la salud de los presos a escala nacional. Se insistió en el pedido, por correo electrónico, en varias ocasiones en ese mes, agosto, diciembre y febrero últimos. El cuestionario que envió este medio sobre la calidad del agua y la atención que reciben los internos no tuvo respuesta. En un comunicado de Justicia del 28 de mayo de 2014, basado en datos de Salud, las autoridades informaron que en tres meses de servicio se habían detectado 129 casos de micosis.

Lo mismo sucedió con los pedidos de entrevista con el Defensor del Pueblo, Ramiro Rivadeneria, o con el funcionario a cargo del seguimiento del nuevo modelo penitenciario en esa institución. No hay respuesta desde julio pasado.

Quizá la única autoridad que ha cuestionado la calidad del agua en el centro de Latacunga fue Tania Ayala, defensora pública de Cotopaxi. “Hemos tenido el reclamo de todas las personas que se encuentran privadas de la libertad sobre el estado del agua. Esa agua incluso nosotros la hemos tomado para verificar si lo que nos están comunicando es verdad. El agua está llena de minerales y eso trae consecuencias para la salud”, dijo en junio de 2014 según declaraciones recogidas por el extinto diario Hoy. Ayala dijo a Plan V, en julio pasado, que se conformó una comisión interinstitucional para tratar el tema y que “están tomando las medidas correspondientes”.

El único que accedió a una entrevista fue el ingeniero Willian Ponce, presidente de la compañía Acuatecsa, que instaló la planta de tratamiento de agua en Latacunga. Según Ponce, el agua proviene de dos pozos subterráneos que se encuentran en el terreno de la cárcel. En una entrevista en agosto del año pasado dijo:

“Básicamente el problema es que el agua de pozo es muy contaminada y es complicada la potabilidad. Esas son aguas de origen volcánico, porque tenemos subsuelos afectados por la injerencia del volcán Cotopaxi, entonces existen metales pesados. Pero lo más complicado y lo más grave que tenemos es el gas mineral. Son aguas carbonatadas con demasiado gas y el gas no nos permite procesar la potabilización. El gas impide que operemos con nuestros sistemas. El agua es apta para el consumo humano. El único problema que tenemos son las pequeñas trazas de arsénico y el gas que afecta el sabor.  Para darle una solución integral hay que desgasificar, pero no nos autorizan la desgasificación a nosotros y lo iban a tratar con otra empresa. Veo que están haciendo alguna cosa en desgasificación, no sé cómo estará el avance de la obra. Nosotros estamos esperando que nos confirmen si está listo para volver a hacer los análisis de calidad (...) Hay un problema con los ppl (personas privadas de libertad). Dentro de cada celda está el sistema de agua potable, las duchas, los inodoros. Muchos ppls con el objetivo de boicotear cogían las heces fecales y se ponían en todo el cuerpo para demostrar que tenían infecciones en la piel. Pero no es producto del agua potable, eso fue a propósito. Por eso hubo una auditoría del Ministerio de Salud y se verificó que las personas que no tenían esa práctica no tenían problemas en la piel. Porque sino todos los ppls estarían afectados. Es una cuestión política ”.

A seis meses de esa entrevista, Ponce confirmó la semana pasada que aún no se ejecuta el desgasificado para mejorar la calidad del agua, aunque reiteró que es apta para el consumo humano.

En la misma entrevista, fue consultado sobre la presencia de arsénico en el agua. Plan V tuvo acceso a un examen de laboratorio, solicitado por Acuatecsa, del 22 de abril de 2014. Allí se registra 0.05 miligramos de arsénico por litro. La norma INEN establece como límite máximo 0,01 miligramos. Al respecto, Ponce afirmó que sus equipos lograron bajar el 90% de la presencia de arsénico (inicialmente estaba en un promedio de 0.65 mg/l). “Deberíamos haber bajado un 99%, eso es lo que estamos trabajando ahora, lo más difícil es eliminar los residuales y la única manera es hacerlo desgasificando. Tenemos un informe de Salud que dice que los niveles de arsénico en el agua tratada no son tóxicos ni de riesgo sanitario, pero como hay veedores de DDHH estamos tratando de reducir a las normas INEN del agua potable”.

A seis meses de esa entrevista, Ponce confirmó la semana pasada que aún no se ejecuta el desgasificado para mejorar la calidad del agua, aunque reiteró que es apta para el consumo humano. Contó que en el centro se usa agua de tanqueros para cocinar. Y que también se provee a los internos de agua de botellón. Plan V pidió una entrevista con el ingeniero César Arellano, del Consorcio Patria (empresa que construyó la cárcel), para confirmar esta versión, pero dijo no estar autorizado para pronunciarse. También esta revista solicitó una declaración al Ingeniero Hugo Moncayo, subdirector técnico de Producción y Control de obras del Servicio Nacional de Contratación Pública, pero se negó. El fiscalizador de la obra, Saúl Velasco Logroño, no fue localizado. Su hermano, quien dijo llevarle la agenda, dejó de contestar las llamadas.

Los últimos hechos

El jueves 26 de febrero, la ministra Zúñiga se reunió en Quito con una treintena de familiares de los internos en Latacunga. Asistentes a la cita contaron a Plan V que la funcionaria pidió comprensión a los familiares porque ha sido un año de transición, de “cambio de casa”. Justicia anunció que las visitas familiares e íntimas pasarán de una hora y media a dos horas y que habrá una reducción de comida chatarra en los economatos. No mencionaron el tema del agua. 

“Los hongos en la piel se producen por bacterias en el agua”

Isabel Cipriani, catedrática en química analítica
 

¿Qué efectos en la salud puede tener la presencia de 0,05 ml/l de arsénico en el agua?

Normalmente los metales pesados tienen a bioacumularse cuando existe concentraciones bajas como en este caso. Y a la larga pueden generar desórdenes en el sistema nervioso. De acuerdo a la OMS (Organización Mundial de la Salud) la exposición prolongada a altos niveles de arsénico inorgánico también puede causar cambios de pigmentación en la piel, lesiones cutáneas y durezas y callosidades en las palmas de las manos y las plantas de los pies (hiperqueratosis). Estos efectos se producen tras una exposición mínima de aproximadamente cinco años y pueden ser precursores de cáncer de piel, además de la neurotoxicidad, y afecciones cardiovasculares.

¿A qué se podría deber las molestias por hongos y dolores de estómago que dicen los internos tener?

Usualmente las molestias estomacales son causadas por bacterias como por ejemplo coliformes que pueden estar presentes en el agua si no hay un correcto tratamiento de desinfección o mantenimiento de las tuberías. El arsénico podría causar afecciones gastrointestinales como vómito, diarrea que podrían terminar  con la vida de la persona, pero cuando la exposición es muy aguda, a concentraciones bajas como en este caso, no se generan este tipo de síntomas.

¿Dónde se alojan las bacterias en el caso de un sistema de tratamiento de agua?

Si las tuberías no están en buen estado y no tienen un mantenimiento constante, las bacterias se pueden acumular allí. Habría que analizar. No sabemos cómo están haciendo el tratamiento, si le están poniendo cloro para la desinfección del agua.

¿Es normal que una infraestructura recién terminada genere esos problemas?

No. Dependería de cómo se esté realizando el tratamiento del agua porque el agua natural tiene un montón de componentes y depende de las fuentes. Por ejemplo, el agua de Quito es muy buena porque viene de una fuente pura. El agua es un medio
donde puede crecer bacterias y microorganismos. Pero se le añade cloro para evitar su crecimiento.

La empresa que instaló la planta de tratamiento dice que su tecnología no funciona al cien por ciento porque aún no se desgasifica el agua que usan. ¿Es así?

Obviamente no es lo mismo tratar un agua que no tiene gas a una que tiene CO2, que es usualmente el gas presente. El CO2 normalmente es bastante reactivo. Puede formar carbonatos.

¿Eso afecta a la salud?

Afecta más a las tuberías. El carbonato se va acumulando en las tuberías y puede causar taponamientos, además de aumentar la dureza del agua. Depende mucho del mantenimiento.

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