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19 de Abril del 2018
Investigación
Lectura: 15 minutos
19 de Abril del 2018
Gustavo Isch

Consultor político, experto en campañas electorales. 

Prueba Ecuador en la mira de los narcos
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Foto: Luis Argüello Poxzix ozxuiz xoizux oixuzo xoizxuioz xiozuxio zioxuiozux iozuxioz xiozuxoi z  
La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor.

A alguien le quedaban dudas acerca de los retrocesos operados en diez años de correato? Pues debió acudir a la ceremonia por los 25 años de la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB) para absolverlas. Allí se concretó uno de los principios más duros y autoritarios del absolutismo: cuius regio, eius religo (a tal rey, tal religión). Esta norma se oficializó hace cinco siglos como mecanismo para zanjar los conflictos provocados por el cisma de la Iglesia católica. Si un soberano optaba por el protestantismo, todos sus súbditos debían plegar a la nueva religión.

La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor estrategia para gobernar, para controlar la sociedad.

En los modestos y reducidos predios de nuestra política local, este precepto ha sido sutilmente vivificado. Sobre todo, entre las huestes oficialistas. El 21 de julio, en la ceremonia de marras, se pudo constatar la súbita conversión de varios furibundos correístas a la nueva religión del gobierno: el morenismo. Quienes durante una década apoyaron o callaron frente a los atropellos y abusos del anterior régimen, hoy aplauden fervorosamente los llamados al diálogo, a la tolerancia, al consenso y –de no creerlo– a la autonomía universitaria. Por obra y gracia de la alternancia política, se convirtieron en demócratas de la noche a la mañana.

Llamó la atención una perla lanzada por el Secretario Nacional de la Senescyt. Afirmó que ahora se habían normalizado las relaciones entre el gobierno y la UASB. Clarito dijo: normalizado. Indirectamente admitió que la política del correato frente a esa institución educativa fue una aberración, un despropósito, un absurdo. En síntesis, una anormalidad. A buen entendedor, pocas palabras: Rafael Correa y René Ramírez no entendían absolutamente nada sobre educación superior. Además, actuaron desde un personalismo demoledor, ajeno a toda lógica institucional.

Los correístas conversos aclamaron la alocución del funcionario de la Senescyt con renovada devoción. Y lo mismo hicieron con los demás discursos de rigor: cada frase que implicaba un desaire al correato era celebrada con estruendosos aplausos. Ni modo, toca hacer méritos frente al nuevo jefe.

La sumisión es una de las formas más retrógradas de la política. No solo porque atenta contra derechos humanos elementales, sino porque anula la conciencia. Etimológicamente, sumiso alude al que se deja dominar, al que se coloca debajo del que manda. El sumiso es fiel a las relaciones verticales. Adora recibir órdenes. Tiene una tendencia compulsiva a identificarse con su jefe.

El correato trabajó incansablemente por construir una sociedad de sumisos. En buena medida lo logró, particularmente al interior de Alianza PAIS. En ese sentido, el Ecuador retrocedió dos siglos. Otra vez estamos peleando por nuestra emancipación como sujetos.

La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor estrategia para gobernar, para controlar la sociedad.

En los modestos y reducidos predios de nuestra política local, este precepto ha sido sutilmente vivificado. Sobre todo, entre las huestes oficialistas. El 21 de julio, en la ceremonia de marras, se pudo constatar la súbita conversión de varios furibundos correístas a la nueva religión del gobierno: el morenismo. Quienes durante una década apoyaron o callaron frente a los atropellos y abusos del anterior régimen, hoy aplauden fervorosamente los llamados al diálogo, a la tolerancia, al consenso y –de no creerlo– a la autonomía universitaria. Por obra y gracia de la alternancia política, se convirtieron en demócratas de la noche a la mañana.

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La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor estrategia para gobernar, para controlar la sociedad.

Llamó la atención una perla lanzada por el Secretario Nacional de la Senescyt. Afirmó que ahora se habían normalizado las relaciones entre el gobierno y la UASB. Clarito dijo: normalizado. Indirectamente admitió que la política del correato frente a esa institución educativa fue una aberración, un despropósito, un absurdo. En síntesis, una anormalidad. A buen entendedor, pocas palabras: Rafael Correa y René Ramírez no entendían absolutamente nada sobre educación superior. Además, actuaron desde un personalismo demoledor, ajeno a toda lógica institucional.

Los correístas conversos aclamaron la alocución del funcionario de la Senescyt con renovada devoción. Y lo mismo hicieron con los demás discursos de rigor: cada frase que implicaba un desaire al correato era celebrada con estruendosos aplausos. Ni modo, toca hacer méritos frente al nuevo jefe.

La sumisión es una de las formas más retrógradas de la política. No solo porque atenta contra derechos humanos elementales, sino porque anula la conciencia. Etimológicamente, sumiso alude al que se deja dominar, al que se coloca debajo del que manda. El sumiso es fiel a las relaciones verticales. Adora recibir órdenes. Tiene una tendencia compulsiva a identificarse con su jefe.

El correato trabajó incansablemente por construir una sociedad de sumisos. En buena medida lo logró, particularmente al interior de Alianza PAIS. En ese sentido, el Ecuador retrocedió dos siglos. Otra vez estamos peleando por nuestra emancipación como sujetos.

La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor estrategia para gobernar, para controlar la sociedad.

En los modestos y reducidos predios de nuestra política local, este precepto ha sido sutilmente vivificado. Sobre todo, entre las huestes oficialistas. El 21 de julio, en la ceremonia de marras, se pudo constatar la súbita conversión de varios furibundos correístas a la nueva religión del gobierno: el morenismo. Quienes durante una década apoyaron o callaron frente a los atropellos y abusos del anterior régimen, hoy aplauden fervorosamente los llamados al diálogo, a la tolerancia, al consenso y –de no creerlo– a la autonomía universitaria. Por obra y gracia de la alternancia política, se convirtieron en demócratas de la noche a la mañana.

Llamó la atención una perla lanzada por el Secretario Nacional de la Senescyt. Afirmó que ahora se habían normalizado las relaciones entre el gobierno y la UASB. Clarito dijo: normalizado. Indirectamente admitió que la política del correato frente a esa institución educativa fue una aberración, un despropósito, un absurdo. En síntesis, una anormalidad. A buen entendedor, pocas palabras: Rafael Correa y René Ramírez no entendían absolutamente nada sobre educación superior. Además, actuaron desde un personalismo demoledor, ajeno a toda lógica institucional.

Los correístas conversos aclamaron la alocución del funcionario de la Senescyt con renovada devoción. Y lo mismo hicieron con los demás discursos de rigor: cada frase que implicaba un desaire al correato era celebrada con estruendosos aplausos. Ni modo, toca hacer méritos frente al nuevo jefe.

La sumisión es una de las formas más retrógradas de la política. No solo porque atenta contra derechos humanos elementales, sino porque anula la conciencia. Etimológicamente, sumiso alude al que se deja dominar, al que se coloca debajo del que manda. El sumiso es fiel a las relaciones verticales. Adora recibir órdenes. Tiene una tendencia compulsiva a identificarse con su jefe.

El correato trabajó incansablemente por construir una sociedad de sumisos. En buena medida lo logró, particularmente al interior de Alianza PAIS. En ese sentido, el Ecuador retrocedió dos siglos. Otra vez estamos peleando por nuestra emancipación como sujetos.

La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor estrategia para gobernar, para controlar la sociedad.

En los modestos y reducidos predios de nuestra política local, este precepto ha sido sutilmente vivificado. Sobre todo, entre las huestes oficialistas. El 21 de julio, en la ceremonia de marras, se pudo constatar la súbita conversión de varios furibundos correístas a la nueva religión del gobierno: el morenismo. Quienes durante una década apoyaron o callaron frente a los atropellos y abusos del anterior régimen, hoy aplauden fervorosamente los llamados al diálogo, a la tolerancia, al consenso y –de no creerlo– a la autonomía universitaria. Por obra y gracia de la alternancia política, se convirtieron en demócratas de la noche a la mañana.

Llamó la atención una perla lanzada por el Secretario Nacional de la Senescyt. Afirmó que ahora se habían normalizado las relaciones entre el gobierno y la UASB. Clarito dijo: normalizado. Indirectamente admitió que la política del correato frente a esa institución educativa fue una aberración, un despropósito, un absurdo. En síntesis, una anormalidad. A buen entendedor, pocas palabras: Rafael Correa y René Ramírez no entendían absolutamente nada sobre educación superior. Además, actuaron desde un personalismo demoledor, ajeno a toda lógica institucional.

Los correístas conversos aclamaron la alocución del funcionario de la Senescyt con renovada devoción. Y lo mismo hicieron con los demás discursos de rigor: cada frase que implicaba un desaire al correato era celebrada con estruendosos aplausos. Ni modo, toca hacer méritos frente al nuevo jefe.

La sumisión es una de las formas más retrógradas de la política. No solo porque atenta contra derechos humanos elementales, sino porque anula la conciencia. Etimológicamente, sumiso alude al que se deja dominar, al que se coloca debajo del que manda. El sumiso es fiel a las relaciones verticales. Adora recibir órdenes. Tiene una tendencia compulsiva a identificarse con su jefe.

El correato trabajó incansablemente por construir una sociedad de sumisos. En buena medida lo logró, particularmente al interior de Alianza PAIS. En ese sentido, el Ecuador retrocedió dos siglos. Otra vez estamos peleando por nuestra emancipación como sujetos.

La frase, en buen romance, consagra la idea de que la confesión religiosa del príncipe debe ser aplicada a la población bajo su mando. La imposición ideológica a los habitantes de un estado fue la mejor estrategia para gobernar, para controlar la sociedad.

En los modestos y reducidos predios de nuestra política local, este precepto ha sido sutilmente vivificado. Sobre todo, entre las huestes oficialistas. El 21 de julio, en la ceremonia de marras, se pudo constatar la súbita conversión de varios furibundos correístas a la nueva religión del gobierno: el morenismo. Quienes durante una década apoyaron o callaron frente a los atropellos y abusos del anterior régimen, hoy aplauden fervorosamente los llamados al diálogo, a la tolerancia, al consenso y –de no creerlo– a la autonomía universitaria. Por obra y gracia de la alternancia política, se convirtieron en demócratas de la noche a la mañana.

Llamó la atención una perla lanzada por el Secretario Nacional de la Senescyt. Afirmó que ahora se habían normalizado las relaciones entre el gobierno y la UASB. Clarito dijo: normalizado. Indirectamente admitió que la política del correato frente a esa institución educativa fue una aberración, un despropósito, un absurdo. En síntesis, una anormalidad. A buen entendedor, pocas palabras: Rafael Correa y René Ramírez no entendían absolutamente nada sobre educación superior. Además, actuaron desde un personalismo demoledor, ajeno a toda lógica institucional.

Los correístas conversos aclamaron la alocución del funcionario de la Senescyt con renovada devoción. Y lo mismo hicieron con los demás discursos de rigor: cada frase que implicaba un desaire al correato era celebrada con estruendosos aplausos. Ni modo, toca hacer méritos frente al nuevo jefe.

La sumisión es una de las formas más retrógradas de la política. No solo porque atenta contra derechos humanos elementales, sino porque anula la conciencia. Etimológicamente, sumiso alude al que se deja dominar, al que se coloca debajo del que manda. El sumiso es fiel a las relaciones verticales. Adora recibir órdenes. Tiene una tendencia compulsiva a identificarse con su jefe.

El correato trabajó incansablemente por construir una sociedad de sumisos. En buena medida lo logró, particularmente al interior de Alianza PAIS. En ese sentido, el Ecuador retrocedió dos siglos. Otra vez estamos peleando por nuestra emancipación como sujetos.

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