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13 de Octubre del 2019
Historias
Lectura: 16 minutos
13 de Octubre del 2019
Susana Morán
Las horas de terror en Quito
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Foto: Susana Morán

La zozobra provocó que vendedores cerraran antes del mediodía sus negocios y los que no cerraron atendieron a vecinos desesperados por comprar víveres.

 

La capital de Ecuador vio por primera vez hordas urbanas en toda la ciudad que actuaron a pie, en vehículos o motos. Sin policías ni militares a la vista, la sensación de inseguridad se disparó al punto de que los ciudadanos se armaron con palos, escobas o con lo que tenían para blindarse de posibles ataques. Pero la crisis también unió a los vecinos de los barrios.

La  mujer anciana, de piel curtida por el sol y de escaso cabello, se detuvo frente a una iglesia cerrada. Unió sus manos. Cerró sus ojos y rezó. Se abstrajo por unos instantes del caos que la rodeaba. Esa escena ocurrió en Carapungo. Cientos de vecinos del barrio, ubicado en el ingreso norte de Quito, caminaron sin rumbo por las calles: unos por llegar a sus casas, otros en busca de alimentos, otros para protestar. No hubo buses, ni taxis, ni siquiera servicio de la aplicación Uber. El populoso lugar quedó aislado. Nadie podía ni entrar ni salir.

El terror avanzó el sábado 12 de octubre en Quito como una gangrena sobre una herida infectada hasta descomponerlo todo. Ya se corría el rumor de asaltos en los principales mercados de la capital: San Roque y Mayorista. Así que los mercados de toda la ciudad y hasta los pequeños negocios cerraron sus puertas o las dejaron a medio abrir para espiar desde allí cautos lo que sucedía en el exterior. La desconfianza en el otro arrasó ese día. Los dueños de pequeños puestos de verduras no se daban abasto para atender las largas filas de personas que llegaron para proveerse de productos. Otros propietarios de despensas se armaron y armaron a sus empleados con palos para que vigilaran a los transeúntes.


Los habitantes de la capital se armaron con palos para defender sus negocios y casas.

Pero el miedo colectivo empezó a la 01:00. Los vecinos de los barrios cercanos a la Asamblea y al parque El Arbolito donde se han concentrado los indígenas durante 11 días de protesta reportaron fuertes explosiones que les arrancaron el sueño. El nerviosismo provocó que la gente hablara de muchas detonaciones. Pero fue la explosión de un tanque de gas en medio del El Arbolito. Sin heridos ni mayores afectaciones, el Gobierno acusó a los manifestantes.

Amaneció. Pero todo se salió de control. Los pocos ciudadanos que se atrevieron a salir a las calles regresaron a sus hogares asustados y amenazados. Los conductores sacaron el brazo haciendo un señal negativa para informar a los otros vehículos que no había paso. Un adolescente en la Panamericana Norte advirtió a los autos de golpes y daños si pasaban. El nerviosismo hizo que el flujo de agua se redujera en varios sectores de la ciudad. Las personas empezaron a abastecerse del líquido vital, lo que provocó un incremento de la demanda. Otra vez los rumores actuaron: se corrió la voz que la delincuencia se había tomado las plantas de agua potable.

A través de una autoconvocatoria, las mujeres salieron a las calles para pedir el cese de la violencia. Cientos de ellas salieron con banderas tricolor y blancas, y tambores. “No más muertes”, gritaron. Eso mientras el estallido de las bombas lacrimógenas no cesaban en El Arbolito.

Fue el día en que Quito se armó. Los caminantes, entre vecinos y extraños, circularon con palos, bates de béisbol, varillas de fierro y hasta machetes. Iban en grupos a pie, en motos o en camionetas gritando arengas violentas. En el Comité del Pueblo se registró una caravana de motocicletas cabalgadas por hombres armados con palos que habían intentado tomarse la unidad de vigilancia policial. En los barrios no hubo policías ni militares o escasos uniformados. Pero desde el Ministerio del Interior se informó que las estructuras delictivas estaban en más de 400 puntos en Quito. Según esa entidad, la Policía estuvo desplegada en todo el país, pero analizó los puntos más críticos para recuperar el orden.

Sin embargo, los quiteños se sintieron abandonados. En las calles se formaron piquetes de personas que en actitud amenazante cantaron consignas contra el Régimen. Quemaron llantas y bloquearon con árboles y escombros los principales accesos a la ciudad. Bastaba levantar la mirada para ver una ciudad llena de humaredas oscuras y malolientes.


Al menos 91 calles fueron bloqueadas en toda la ciudad.

Circular por la ciudad en algunos puntos fue peligroso. Vehículos llevaron banderas blancas y carteles con mensajes de paz para que los dejaran pasar. “Porque te amo Ecuador, hoy nos sumamos al pueblo”, fue una de las frases. Las ambulancias tuvieron que hacer maniobras para salir.  Hasta las carrozas fúnebres fueron perseguidas. Otros conductores y sus pasajeros pitaron y gritaron a favor del paro mientras eran aclamados por los manifestantes. Una camioneta llena de muebles viejos y llantas y armados con palos dejó ese material sobre la vía para mantener el cierre de la Panamericana norte. En total, 91 calles fueron bloqueadas, según la Agencia Metropolitana de Tránsito.


La basura de los contenedores fue arrojada en las calles. Los arrios quedaron sucios y lleno de escombros.

Las protestas que se habían concentrado en el centro de Quito ahora estaba hasta en los barrios más lejanos. Y los rumores eran su comidilla: ‘que hay manifestantes retenidos por la Policía’, ‘que vienen más indígenas a la capital’, ‘que no hay diálogo’. Lo cierto es que pasado el mediodía, los protestantes desconocían que la Conaie había aceptado el diálogo directo con el presidente Lenín Moreno. La Conaie informó a través de sus redes sociales que “luego de un proceso de consulta con las comunidades, organizaciones, pueblos, nacionalidades y organizaciones sociales decidieron participar en el diálogo directo con Moreno sobre la derogatoria o revisión del decreto 883”. Y difundió la misma carta que fue entrega el viernes 11 de octubre a la ONU por la comisión política de la organización indígena encabezada por Salvador Quishpe. Pero el dirigente Leonidas Iza dijo que había condiciones: el diálogo debe ser público y transmitido por los medios; y debe ser en un lugar independiente como en la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, la ONU o Amnistía Internacional.

Eso no atenuó la trifulca. Mientras en los barrios recorrían hordas armadas, en los alrededores de la Contraloría, que está contigua a la Asamblea, había fuertes confrontaciones. El sector se llenó de humo después del incendio que provocaran manifestantes encapuchados. Hubo daños en oficinas, vehículos y áreas de servicio. Al menos dos pisos quedaron destruidos. Fueron detenidas 34 personas que incursionaron en las instalaciones que serán acusadas de terrorismo. Los alrededores de la entidad terminaron como zona de guerra. Nunca antes se había registrado un ataque contra esa institución. 

 


Hubo vehículos que llegaron a las vías con escombros y antas para mantener las vías cerradas.

Leer: El día de la ira en la Contraloría

La ciudad en caos y sin control desembocó en un toque de queda en toda la capital desde las 15:00. El presidente Lenín Moreno acusó a los especuladores de la gasolina, al narcoterrorismo, a la pandilla Latin Kings y al correísmo de los disturbios violentos en todo el país. En la noche, Moreno recalcó que la desestabilización fue organizada por Rafael Correa y Nicolás Maduro en un intento violento de desestabilización. El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, en cadena nacional, anunció la restricción de movilidad a escala nacional en zonas cercanas a instalaciones estratégicas.

Pero el toque de queda no fue respetado. A la misma hora que empezaba se registraba otro hecho violento inédito. La delincuencia llegó hasta el canal Teleamazonas. El grupo de personas rodearon las instalaciones del medio en Quito. Lanzaron piedras y artefactos explosivos que provocaron el incendio de un vehículo del canal. Rompieron vidrios. Según las imágenes difundidas por el canal su infraestructura quedó muy afectada. Sacaron las puertas de metal del canal. Los vehículos de los empleados fueron afectados. 25 trabajadores del canal se resguardaron en un lugar seguro hasta que llegó la Policía y controló la turba. Las motobombas de los bomberos no pudieron pasar para apagar el fuego. Sus parabrisas fueron rotos y tuvieron que dejar el lugar. Al tiempo, el diario capitalino El Comercio, en el sur de Quito, también era atacado. En videos se observó cómo un grupo de encapuchados que llegó a hasta el lugar lanzó un artefacto explosivo e intentó entrar a la fuerza. Los periodistas se refugiaron en un lugar seguro y la Policía logró controlar pronto los incidentes. Ecuavisa, otra estación televisiva, evacuó a su personal en Quito ante amenazas. Tanto Ecuavisa como Teleamazonas operaron desde sus matrices en Guayaquil.

En medio de la crisis, 54 policías fueron retenidos en el estadio de Calderón por decenas de personas, quienes agredieron a los uniformados y les quitaron sus equipos de dotación. Mientras caía la tarde fueron liberados en un operativo y llevados a un hospital.

La tarde cerró en los alrededores de la Contraloría con un despliegue policial y militar jamás antes visto para arrinconar a los manifestantes. La fuerza pública quiso que el toque de queda sea respetado. Los socorristas abrieron un corredor humanitario para sacar a los heridos de la zona, pero también fueron afectados por bombas lacrimógenas.

Durante toda la jornada, periodistas, políticos, activistas y ciudadanos llamaron a la paz en un intento por bajar los ánimos. Lo hicieron a través de videos y de sus redes sociales y con una marcha. Las mujeres fueron las primeras en pedir la paz. Se autoconvocaron y salieron a las calles con banderas tricolor y blancas, y tambores. “No más muertes”, gritaron. Eso mientras el estallido de las bombas lacrimógenas no cesaban en El Arbolito casi como una antesala de que el día de la ira no estaba por terminar.

Las cacerolas irrumpieron en la noche quiteña

A las 20:30, Quito retumbó sus cacerolas. La gente salió a las calles, desde sus ventanas, terrazas o balcones, salió con también con pitos, tambores, bocinas de autos y hasta linternas. El repique de las campanas de una iglesia se sumó a la inédita protesta de los vecinos de la ciudad. Parecía un acto de rebeldía contra el toque de queda. Pero lo cierto es que hubo confusión sobre el mensaje: ¿es por la paz?, ¿es contra Moreno y a favor de la protesta?, se preguntaron.


Los ciudadanos tocaron las cacerolas por más de media hora. Pese al toque de queda, algunos salieron a caminar en sus sectores.

Fue un acto sin precedentes en la capital. Las cacerolas vacías han sido un símbolo de descontento popular contra los gobiernos. Pero es la primera vez que una protesta así se daba en Quito de forma simultánea de norte a sur. Por un instante se interrumpió la intemperancia del día.

Cada barrio le dio su significado. 100 personas de sectores aledaños a la policía comunitaria del sector de la Luz se acercaron a ese lugar para respaldar el trabajo de los uniformados. Mientras que en La Floresta, un grupo de jóvenes con banderas tricolores y algunas familias recorrieron las principales calles del barrio gritando consignas “únete pueblo, únete a luchar, contra este Gobierno, antipopular”. Varios de ellos indicaron que habían salido a desafiar el toque de queda impuesto por los militares. No hubo ningún tipo de respuesta militar o policial a la concentración.

A la altura del parque Cuscungo, en la autopista General Rumiñahui, 200 personas se encontraron en la plazoleta de Jardín del Valle. Hicieron un minuto de silencio por todos los fallecidos en las protestas, solicitaron donaciones para los indígenas y se convocó a la unidad del barrio frente a la crisis que vive el país.

Pero la crisis acercó a los vecinos, al menos por seguridad. El Pinar Alto, una zona residencial del noroccidente, donde los vecinos casi no se ven y no hay ruido, fue otro desde las 18:00. Los vecinos se volvieron a hablar por la zozobra. La gente se reunió en el parque principal organizándose por temor a que alguien entre a sus casas. Se armaron con palos y escobas. Estaban indignados. Hubo vecinos que cargaron sacos de cemento para colocar en la calle e impedir que desconocidos ingresen a las casas. En ese sector corrió el rumor de personas que en camiones estaban ingresando a los condominios. En el Comité del Pueblo, en los conjuntos residenciales, los vecinos se organizaron para hacer vigilias durante la noche para que -según dijeron- no les roben la paz. En esa misma zona, las hordas intentaron tomarse la Dinapen, ubicada en la av. Eloy Alfaro. El lugar donde se procesan las denuncias de violencia intrafamiliar y de abuso infantil se sumó a los blancos de los enardecidos. La Policía llegó en una caravana inmensa: cerca de 50 efectivos lanzaron gases lacrimógenos para frenar la violencia. La turba se dispersó, pero luego regresó fortalecida. Casi dos horas duró la refriega hasta que volvió la calma.

Pero la zozobra continuó durante la noche y madrugada. Los puntos más críticos de la madrugada fueron Tumbaco y Cumbayá. Ciudadanos reportaron el intento de manifestantes, algunos ebrios, por tratar de ingresar a las urbanizaciones. En La Pulida, los jóvenes prendieron fogatas y familias lejos de dormir empezaron una vigilia hasta ver el nuevo amanecer. En la Argelia, las vías de acceso estuvieron cerradas y para permitir los manifestantes pidieron dinero, una especie de ‘peaje’.

La misma modalidad de repitió en las vías que van al aeropuerto. La terminal aérea de Quito estuvo desbordada con cientos de personas, entre la noche del sábado y la madrugada del domingo. No podían trasladarse a sus destinos. Los hoteles cercanos estuvieron repletos. Los que no alcanzaron se quedaron por horas en el lugar. Cuando pudieron salir, hacia las 03:00. Los taxistas para circular por la vía Collas crearon un pequeño paso lateral por los montículos de tierra. En el peaje de Oyacoto los manifestantes revisaron las cajuelas de los vehículos. Pedían ‘peajes’ entre tres y cinco dólares por cada pasajero.

Quito fue una zona de guerra. La pesadumbre y la tristeza fueron infinitas.

Este artículo fue escrito con los tetimonios que llegaron a esta revista a través de redes sociales y confirmados por sus periodistas. 

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