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21 de Octubre del 2019
Historias
Lectura: 16 minutos
21 de Octubre del 2019
Redacción Plan V
‘Recibimos palazos, perdimos la conciencia’
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Fotos: Luis Argüello / PlanV

54 policías fueron secuestrados en Calderón el 12 de octubre. En la imagen muestran como se cubrieron cuando fueron obligados a pasar por una multitud que los agredió con palos y fierros. 

Este es un testimonio de los policías que fueron secuestrados en Calderón y del grupo fue retenido en el Ágora de la Casa de la Cultura. 202 policías sufrieron retenciones a escala nacional, inclusive durante varios días. Solo en el caso de Calderón hubo una incursión de un grupo táctico para rescatar a 54 uniformados. Ellos fueron el grupo de policías secuestrados que más agresiones y vejaciones recibieron.

Siete horas de desesperación en Calderón 

Este es el relato de cinco policías que vivieron el secuestro en esa parroquia del norte de Quito: 

A las 08:00 nos formamos en el cuartel de Policía de Calderón, que está junto a la Fiscalía de la parroquia. A cada policía se le asignó su puesto de servicio. Entonces recibimos la disposición del coronel Enrique Bautista, comandante del Distrito Calderón, de despejar la Panamericana Norte, a la altura de San Miguel del Común. Para las 08:00 ya estaba cerrada la vía y había aproximadamente unas 300 personas. Llegamos para conversar con la gente. Estuvimos en eso hasta las 11:00 o 12:00. Éramos 60 policías. Les pedimos que colaboren para poder abrir la vía de la manera más tranquila. Nos dijeron que no, que están en manifestaciones, que no es justo, que éramos asesinos y criminales, desde la Ministra de Gobierno. Pero al fin se quedaron tranquilos por un momento. 

El problema comenzó cuando empezamos a retirarnos de ese sector. De sur a norte avanzó otro grupo de unas 800 personas que se unió al grupo que llegó en sentido norte-sur. Nos quedamos sin salida. Era mediodía. Nosotros queríamos dialogar para poder salir. Sin enfrentamientos. Sin embargo, no nos dejaron ir y comenzaron las agresiones verbales y físicas con piedras y palos. Habían infiltrados que empezaron a decirnos asesinos, ‘quemémoslos’, ‘llevémoslos a Carapungo’. Inicialmente nos quisieron llevar al parque de San Miguel del Común, pero otros manifestantes dijeron que era mejor que nos lleven al estadio de Calderón. Entonces ocurre el primer enfrentamiento por parte de ellos, porque nosotros no hicimos nada. Una piedra le llegó a una compañera policía en su frente. Ella trató de salir y no le dejaron. Decían: ‘que se muera allí’, ‘que no le den paso’. La sangre le salía como si fuera una llave de agua. 


De izquiera de derecha: el suboficial Fausto Carranza, el sargento Danilo Yánez, el cabo primero Cristóbal Pozo y los policías Bryan Cedeño y Daniel Jaramillo. Los cinco fueron parte del grupo de 54 uniformados secuestrados en Calderón el 12 de octubre pasado. 

Nos cercaron. El objetivo era llevarnos, creemos para asesinarnos. Nos amenazaron todo el tiempo. Psicológicamente estábamos acabados. Pero nos mantuvimos tranquilos, creímos que no iba a pasar a mayores. Accedimos a los que ellos pidieron. Nos acorralaron con sogas, hicieron cercos humanos y nos llevaron caminando hasta el estadio. En el camino nos botaron agua. Sentimos un olor a gasolina. Vimos que llevaban botellas con gasolina. Nos siguieron gritando ‘asesinos’, ‘criminales’, ‘a estas chapas hay que matarlos’, ‘la muerte de un manifestante tiene que pagarse con la vida de estos policías’. Con palos nos pegaron en las espaldas o nos punzaban. Nos escupieron. Antes de llegar al estadio vimos que había una multitud en ese lugar. Pensamos que se regó la noticia que nos iban a quemar. Pero también hubo gente caritativa que decía: ‘aquí no van a matar a nadie’. Pero los infiltrados insistían en quemarnos. Incluso se fueron de palabras con las otras personas e incitaban a quemarnos. Había personas del sector e infiltrados. Los ha bitantes mostraban sus rostros. Pero los infiltrados -extranjeros y nacionales- siempre estuvieron con el rostro tapado. Fueron las que más incitaban al resto para que nos agredan. 

Hasta el estadio caminamos 2 km. Era entre las 14:00 y 15:00. En la mitad de la cancha, las personas nos despojaron nuestros equipos de dotación: gas, radios, toletes, chalecos. Incluso nos metieron las manos a los bolsillos y nos quitaron nuestros objetos personales como billeteras, dinero, teléfonos. También nos pidieron que gritemos ‘fuera Lenín, fuera’, lo que hicimos caso omiso. 

26 unidades de policía comunitaria y 108 vehículos policiales fueron afectados durante las protestas. También la Unidad de Vigilancia Comunitaria de San Roque y un vehículo policial fueron quemados.

Luego nos ingresaron a los camerinos del estadio. Entró una comisión de esas personas y nos pidió que nos saquemos los zapatos. Nos quedamos solo con medias. Se tomaron la molestia de contar cuántos estábamos y cuántos zapatos nos quitamos. Se los llevaron en costales. Durante este tiempo nunca nos permitieron conversar con los manifestantes. No dieron la oportunidad de decir nada ni de negociar. Todo el tiempo estuvimos incomunicados. Excepto alguno que logró guardarse un celular para pedir ayuda. La gente ya sabía para entonces que había toque de queda. ‘Mátale rápido, que ya van a venir refuerzos’. Estuvimos unas dos horas. Entraban y salían supuestos dirigentes. La mayoría tenía el rostro cubierto. Tratamos de darnos apoyo. Hicimos la oración del policía. Luego entró un dirigente y nos dijo: ‘van a salir de tres en tres’.

Salió a la cabeza nuestro comandante del Distrito. Nos obligaron a correr desde el estadio hasta la iglesia. Eran tres-cuatro cuadras. En toda esa distancia hubo ciudadanos aglomerados que desde que salimos nos cayeron con palos y piedras. Nos pegaron con todo lo que podían. Fue la carrera más larga de nuestras vidas. Fue al final de la tarde, aún no caía la noche.

(En este momento, cada policía secuestrado cuenta las agresiones que recibió)

Policía Bryan Cedeño: A mí me rociaron de un líquido que dañó mi ropa. Recibí un golpe con un objeto contundente en la canilla. Pensé que me iban a dar en el estómago. Solo cerré los ojos. Me tropecé y me golpearon con piedras. Me paré y seguí. Las personas nos ponían el pie para que nos cayéramos. El que se caía llevaba la peor parte. Eso fue lo más grave. Nos escupieron. Llegué casi inconsciente a la iglesia. En el grupo hubo una mujer policía. Ella entró en brazos a la iglesia, estaba inconsciente. A la gente se les dijo que estaba embarazada, pero no les importó. 

Policía Daniel Jaramillo: Yo llegué arrastrándome a la iglesia. Mis compañeros estaban en el piso y había médicos que los estaban atendiendo. 

Suboficial Fausto Carranza: Fue el tramo más interminable. Salí con un grupo de cinco compañeros, nos abrazamos. Pero los palos, las piedras y los fierros nos golpearon. No faltaron los patazos por todo lado. Fue el momento más duro. Hubo mucha gente infiltrada, alguien los incitó. En mi tiempo como servicio he pasado por muchas agresiones. Y he estado en las manifestaciones contra Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad, Lucio Gutiérrez, pero nunca han sido tan violentas y agresivas. 

Sargento Danilo Yánez: Vi a mi subteniente que iba delante mío, le pusieron el pie y se cayó en una llanta que estaba quemándose. Me agaché a cogerle. Pero en ese momento sentí dos palazos en la cabeza. Pero ese rato solo estaba concentrado en salvar a mi subteniente, no se quemó y ayudé a jalarlo. Y justo sentí otro palazo en la mano. Se me amortiguó la mano, no la sentí. A lo que me levanté sentí otro palazo y ahí me caí al piso. Perdí la conciencia. Mi subteniente me recogió y con otra persona me llevó cargado hasta la iglesia. Me contaron que en el trayecto me patearon y me siguieron dando palazos. Solo recuerdo ver la puerta de la iglesia. Me desperté cuando los paramédicos dijeron mi nombre.  

(Continúa el relato conjunto)

Pensamos estar protegidos dentro de la iglesia, pero no. Querían entrar a la iglesia a sacarnos.  Creímos que íbamos a estar a salvo allí. Parecía que era una pesadilla. Estuvimos una hora y media. Los manifestantes le pedían al padre que nos saque, amenazaron con quemar la iglesia. Teníamos el temor que el padre nos saque, pero se portó bien. Se mantuvo hasta el final. Luego de escuchar las amenazas de los supuestos líderes, ingresamos a un cuarto muy pequeño. Entramos los 54 y nos atrincheramos allí. Cerramos la puerta. Quisimos mover un anaquel. No queríamos que nos quemen en el parque. Todos los compañeros se pararon para defendernos. En ese momento debíamos defender nuestra vida. Había mucha bulla afuera. Golpearon los vidrios de la iglesia. Escuchamos detonaciones. Como tenían nuestras bombas lacrimógenas estábamos con esa incertidumbre de qué pasaba.

 Abrieron la puerta y vimos civiles. Pensamos que eran los manifestantes. Pero se identificaron como personal de la Dirección General de Inteligencia. ‘Venimos a rescatarles’, nos dijeron. Nos volvió la calma. Salimos. En el mismo cuarto con nosotros estuvieron unos cinco dirigentes de los manifestantes y dijeron: ‘sigan, sigan, qué bueno que los rescataron’. Salimos y era como ver Siria: había palos, basureros regados, carros quemados fuera de la iglesia. Estaban policías del GIR, GOE, UMO. Quizá unos 200 efectivos llegaron en motos, bus y patrullero. Algunos nos subimos en la primera camioneta policial que encontramos. Si eso hubiera demorado unos 10 a 15 minutos nos estuviéramos aquí. Ellos tenían otros planes con nosotros. En el hospital de la Policía nos recibió nuestro general Nelson Villegas. Los doctores se quedaron, aunque ya había terminado su horario de servicio para ayudarnos. Nos prestaron sus celulares para llamar a nuestros familiares. 

La mala hora en el Ágora 


Al frente, el coronel Christian Rueda y la policía Yessica Lechón. Atrás de izquierda a derecha: el policía Jorge Ruiz, el cabo primero Darwin Lárraga, el cabo primero Eduardo Yánez y los sargentos Kléber Sangoquiza y Wilson Saluquinga. Ellos fueron retenidos en el Ágora de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. 

A las 07:15, el coronel Christian Rueda escuchó por la radio que un patrullero del servicio de turismo había sido retenido por un grupo de manifestantes en el sector de la Av. 12 de Octubre y Veintimilla. Él es el comandante del Distrito Eugenio Espejo y como tal acudió al lugar con personal de apoyo para permitir la liberación del conductor y del patrullero. Cuando llegó, el chofer había sido liberado, pero la camioneta seguía retenida. Informó a sus superiores y decidieron tomar acciones para recuperar el vehículo a través del diálogo. Tomó la decisión de despojarse de su arma de dotación y se trasladó con policías motorizados. Hizo señas a los manifestantes en son de paz, levantó las manos. Eran ocho policías. Conversaron con los dirigentes y notaron su molestia por los eventos de los días anteriores cuando la policía repelió a los manifestantes. Enseguida, el grupo de uniformados fue cercado por 800 manifestantes y llevados al Ágora de la Casa de la Cultura. Lo sucedido después fue transmitido en vivo por la televisión y por las redes sociales como los contamos en esta crónica. Pero lo que no se vio fueron las percepciones y los sentimientos de los policías retenidos. Este es su relato en primera persona: 

Sargento segundo Wilson Satuquinga: En el interior de la Casa de la Cultura nos insultaron, decían ‘quémenlos’. Nos mantuvimos tranquilos. Nos despojaron de nuestros equipos. Incluso la gente se quería venir encima. Pero los dirigentes nos escoltaron para que no nos agredieran. 

Sargento segundo Kléber Sangoquiza: En el escenario, nos pasaron miles de ideas. La multitud gritaba que quería que nos hagan la justicia indígena, pero al mismo tiempo hubo guardias de ellos que nos protegían. Se colocaron detrás de nosotros para no dejar a las personas que nos querían agredir. 

Cabo primero Darwin Lárraga: Tengo tres años de servicio, pero es la primera vez que nos pasan estas cosas. Había grupos divididos: unos no querían que nos pase algo y otros sí. Temíamos por nuestra integridad. Pero nuestra formación bajo presión permitió que mantengamos la calma.

435 UNIFORMADOS RESULTARON HERIDOS, SEGÚN EL GOBIERNO. EN ESE DATO SE INCLUYERON LAS ATENCIONES AMBULATORIAS DE LOS UNIFORMADOS, ASÍ COMO TAMBIÉN A LOS HERIDOS MÁS GRAVES. DOS POLICÍAS PERDIERON UN OJO CADA UNO Y DOS RESULTARON QUEMADOS. 

Policía Yessica Lechón: El discurso fue un momento de tensión. Lo primero que se me cruzó por la mente fue mi familia. Pero nos ayudamos entre todos, nos dimos ánimos. El momento más preocupante fue cuando nos dijeron que nos iban a liberar. Pensé que al salir se iban a aglomerar más personas, no sabíamos qué podía pasar afuera. 

Sargento segundo Wilson Satuquinga: En el momento que se escuchó que llegaba por el altoparlante que llegaba el cuerpo, nos llevaron a cuatro de nosotros para trasladar el féretro. Al salir nos gritaron de todo e intentaban lanzarse. Trataron de irme por encima de la guardia indígena para hacernos daño. Nos gritaron asesinos. Había una multitud entre indígenas y otros encapuchados. Los ánimos estaban muy agitados. Tomamos el féretro. Nos dijeron ‘esos son sus muertos’. 

Coronel Christian Rueda: No sabíamos en qué iba a terminar todo. Se acercó Salvador Quishpe. Le traté de decir que la violencia no conduce a nada. Mi intención era que la gente y los líderes recapaciten. Salvador Quishpe de alguna manera tampoco estaba muy de acuerdo con la retención y que comprende que la situación que estaba pasando no es de los policías. Que también somos pueblo. En un momento Jaime Vargas informó que habían llegado a un consenso entre los líderes en que nos iban a dejar libres. Pero no sabíamos cómo nos iban a entregar, estábamos incomunicados. 

Policía Jorge Ruiz: La guardia indígena nos dio la protección al salir de la Casa de la Cultura. Ellos se acordonaron a nuestro alrededor hasta la Plaza Simón Bolívar donde nos entregaron a diferentes organismos. Nos devolvieron los zapatos antes de salir del Ágora. 

Cabo primero Eduardo Yánez: Cuando estuve libre, me dio mucha felicidad. Pensé en mi familia. De la Plaza nos llevaron al Hospital de la Policía. 

Coronel Christian Rueda: Tengo 30 años de servicio en la institución. Para mí fue importante la integridad no solo mía sino de mis compañeros. Era una responsabilidad que caía en mis hombros que no me dejó estar tranquilo. Siempre pensé en que esto debía terminar bien. 

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