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9 de Agosto del 2021
Historias
Lectura: 24 minutos
9 de Agosto del 2021
Andrés Lasso Ruales

Cronista y ensayista. Máster en politícas ambientales y territoriales por la Universidad de Buenos Aires. 

En busca de los ciudadanos incógnitos (Guayaquil y su paso a la modernidad)
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Ilustración: SCH

 

Uno de los rasgos principales de la sociedad guayaquileña de los primeros años decimonónicos fue la idea del “recogimiento” que se basaba en el imaginario del honor y en el casticismo por así llamarlo, por más, que el mestizaje estaba creciendo e insertado en la urbe, la población seguía sujeta al estigma y buscaba “la sangre pura”.


Dos escenas de la novela A la costa (1904) de Luis Alfredo Martínez (1868-1909) muestran la transformación que tuvo la ciudad de Guayaquil a finales del siglo XIX y a inicios del XX.  La primera corresponde cuando el personaje Salvador viaja al puerto principal para buscar mejor fortuna. El hombre, apenas llega a la urbe, consigue un empleo en la aduana con un salario de cuarenta pesos mensuales. Ese trabajo le duró poco tiempo porque cuando descubrió un contrabando, el sujeto que traficaba tenía poder en la entidad gubernamental, fue despedido y tuvo que buscar más opciones. El destino lo llevó al oficio de buhonero, trabajo que le permitió recorrer el litoral vendiendo bagatelas, entonces parecía que su condición económica mejoraba, pero un día fue asaltado en el río Daule.

 El segundo acto trata como eran algunas personas de la aristocracia porteña:

“El señor Velásquez era un anciano robusto y hermoso, descendiente de las antiguas familias guayaquileñas que guardan el honor y la probidad como el mejor timbre de su alcurnia. Activo en el trabajo, honrado a carta cabal, pulcro en sus menores acciones, servicial y caritativo, el señor Velásquez era una de las figuras de Guayaquil. La fortuna la debía al trabajo y no al agio, a la avaricia y al contrabando”.

Con estas dos exposiciones de la novela de Martínez como introducción voy a ejecutar dos reseñas sobre los libros del historiador guayaquileño, Ángel Emilio Hidalgo(1973): Entre dos aguas: Tradición y Modernidad en Guayaquil (1750-1895) y Sociabilidad letrada y modernidad en Guayaquil (1895-1920).

Según la investigadora, Lynn Hunt, el vocablo modernidad ya tiene un origen en el siglo XVIII de acuerdo con el diccionario de Oxford. Ya en la Francia del XIX, por ejemplo, Honoré de Balzac utilizó algunas veces el término en la lengua francesa.

“Si la modernidad es definida por el auge del secularismo, el uso de la ciencia y la razón como estándares de verdad, el desarrollo de gobiernos representativos y un énfasis creciente en la autonomía individual, entonces consideremos que no aparece simultáneamente de la misma manera en todos los lugares”.

Para Hidalgo la modernidad puede ser analizada bajo la lupa del revisionismo histórico y también como proyecto o plan civilizatorio de un proceso de acontecimientos sociales para organizar a la ciudadanía y romper el vínculo con la religión.

Asimismo, el autor explica que el término sociabilidad es dúctil porque depende de la capacidad de comprender lo que constituye la trama social, o sea, los espacios, los actores y las prácticas. Las relaciones sociales son las que activan las condiciones como la política, la ideología, la economía y la cultura.

“Digo esto porque el crecimiento de Guayaquil en el siglo XIX motivó a la aparición de nuevos barrios, como lo prueban los planos de la ciudad, por lo que se impusieron otras lógicas de sociabilidad, a contrapelo de la racionalidad ilustrada de las élites criollas”.

La dinámica porteña después de “La Fragua de Vulcano”

En el siglo XVIII las ciudades del Ecuador tenían un modelo de sociedad doble: república de españoles y república de indígenas. Con el ingreso de la nueva centuria, el mestizaje fue clave para moldear esas dos culturas e intentar una identidad ecuatoriana de los que vinieron y de los pueblos originarios. En el Guayaquil del siglo XIX estas relaciones entre europeos, criollos y nativos posibilitaron obtener una cultura definida. Por esos años, el puerto principal se transformó en una urbe heterogénea que generó varios oficios como: orfebres, plateros, joyeros, zapateros, curtidores, peluqueros, sastres, costureras, ebanistas, fabricantes de baúles y cofres.

Para Hidalgo la modernidad puede ser analizada bajo la lupa del revisionismo histórico y también como proyecto o plan civilizatorio de un proceso de acontecimientos sociales para organizar a la ciudadanía y romper el vínculo con la religión.

Hidalgo narra que a partir de 1800 el comercio informal se apoderó de la ciudad debido al oficio de regatones y regatonas, que eran hombres y mujeres que practicaban piratería con los pequeños botes que iban río abajo de la localidad porteña.

“Una vez que obstruían el paso de los vendedores, "se llevaban cargamentos enteros de plátanos, quesos, cerdos, manteca de chancho, gallinas, pollos y huevos"', los que eran revendidos en el mercado del puerto a altísimos precios”.

Otros trabajos que destacaban en la época fueron los carpinteros que trabajaban no solo mobiliarios, sino junto a los calafateros en la construcción de navíos. El autor explica que trabajaban los barcos sin necesidad de escuadra, ni plomada sino al libre albedrío de la mirada.

La sociedad guayaquileña se caracterizó por su veloz capacidad de adaptación y transformación social, eso se puede observar en el caso de las cofradías. Hidalgo afirma que en esa centuria existían doce congregaciones que albergaban diferentes oficios y procedencias. Las que se destacaban eran las católicas como: Nuestra Señora de Regla (San Agustín), Nuestra Señora de los Ángeles (San Francisco), La Virgen del Rosario de Ciudad Vieja regentada por los dominicos.

Sin embargo, también se organizaron diferentes grupos de ideologías como los clubs que se constituyeron gracias a la corriente del liberalismo:

“Según la historiadora Pilar González Bernaldo, con la ilustración europea "la sociedad deja de designar exclusivamente la compañía o asociación de los particulares para hacer referencia a una comunidad amplia y durable, de agrupación natural o pactada, que comienza a postularse como el terreno de la existencia humana”.

Uno de los rasgos principales de la sociedad guayaquileña de los primeros años decimonónicos fue la idea del “recogimiento” que se basaba en el imaginario del honor y en el casticismo por así llamarlo, por más, que el mestizaje estaba creciendo e insertado en la urbe, la población seguía sujeta al estigma y buscaba “la sangre pura”.

Uno de los rasgos principales de la sociedad guayaquileña de los primeros años decimonónicos fue la idea del “recogimiento” que se basaba en el imaginario del honor y en el casticismo por así llamarlo, por más, que el mestizaje estaba creciendo e insertado en la urbe, la población seguía sujeta al estigma y buscaba “la sangre pura”.

Pero también existían otras costumbres no tan cerradas como la música vernácula, por ejemplo. Hidalgo cuenta que un viajero estadounidense llamado, Adrian Terry, explicó en su paso por el puerto que esas danzas populares eran un regocijo para el alma, los bailes sucedían en las casas o a campos abiertos, apenas un violín y una guitarra, mientras más ruido hacían los invitados el movimiento era mayor.

La música folclórica se mezclaba frecuentemente con la culta. Según el folklorista, Wilman Ordoñez Iturralde, se sabía que la aristocracia guayaquileña bailaba en sus fiestas valses, cuadrillas, mazurcas, polcas y chotís y que la gente del pueblo se movía al ritmo de las danzas costeñas como la iguana, la puerca raspada, la gata rabona y el amorfino. En 1844 el teniente británico, Fréderik Walpole, contó que fue invitado a un paseo fluvial y el anfitrión lo recibió con una banda estruendosa.

Otra dinámica social tradicional en la urbe porteña que sucedía con frecuencia en la década del veinte del XIX fue la pelea de gallos. Ahí también la alta sociedad se mezclaba con los obreros y montubios. En 1826 esta lucha de aves tuvo fuerte arraigo, incluso los patios de las casas de barrios céntricos se convertían en coliseos para observar el combate de los bichos alados.  

Modestia, valores y estigma

Una acción característica para elevar el honor femenino y proteger a la familia fueron las relaciones de señoras de alto renombre para crear juntas y encargarse de la educación de la ciudad, la cual estaba basada en valores morales y el patriotismo. En el año 1821 una noticia sorprendió al puerto principal, según Hidalgo, el diario El Patriota de Guayaquil informó la iniciativa de un grupo de mujeres en la urbe para confeccionar tres mil camisas para las tropas guayaquileñas que iban a la campaña de la liberación de la Sierra.

Ese nacionalismo tuvo mujeres como Francisca Gorrichatégui de Lavayen y Ana Garaicoa de Villamil muy comprometidas con la patria que se estaba gestando en la década del 20. Pero ese discurso de la honra también generó hechos exacerbados como el juicio a Feliciana Pacheco que fue acusada de prostitución, abrigadora de ladrones y que le acusaron como cómplice del hampón, “Boca de Corvina”.  Pacheco tenía más de treinta años y era analfabeta. En el litigio existieron señoras de la aristocracia que le acusaron falsamente a esta mujer de seducir maridos.

La acusada no negó que tuvo algo con el mafioso, pero se defendió alegando que no tenía relación amorosa con él y nunca se pudo comprobar que participó de acciones delictivas con el ladrón, sin embargo, su sinceridad no le sirvió al juez y como castigo le envío a las Islas Galápagos para que cumpla trabajos forzados. La condición social de la mujer no le benefició peor su color de piel:

“Finalmente, se le condenó por "prostituida", porque prevaleció la estigmatización que recibían las mujeres negras, zambas y mulatas durante la colonia y buena parte del siglo XIX, acerca de una supuesta vida sexual relajada”.

El discurso del recogimiento fue medido con el máximo rigor de la ley cayendo en el fanatismo. Entonces el estigma estaba insertado en el cotidiano: “el prejuicio -extendido a nivel general- que atribuía a las mujeres de los sectores populares”.

Guayaquil como todas las ciudades de América Latina en ese período estaban bajo la moral social, esto quiere decir que la persona además de cuidar una virtud privada también tenía que generar otra en la esfera pública.

La virtud como arenga para la transformación ciudadana

Guayaquil como todas las ciudades de América Latina en ese período estaban bajo la moral social, esto quiere decir que la persona además de cuidar una virtud privada también tenía que generar otra en la esfera pública. 

“La educación es el proceso donde se reproduce con mayor fuerza ese tipo de mentalidad. En la elaboración de proclamas, poemas, himnos y cantos patrióticos, así como en los catecismos patrios (s. XIX), emergen apelaciones al rol del individuo como deudor de obligaciones cívicas y morales hacia la "comunidad imaginada”.

Bajo estos preceptos se encontraban la organización de la Fragua de Vulcano planificada por José de Antepara (1770-1821) que originó la Revolución del 9 de octubre de 1820 y también el poema cívico de José Joaquín de Olmedo (1780-1847) denominado Alfabeto de Consejos.

Esta rima que incita a la educación ciudadana enfatiza el valor de lo civil y el amor al terruño. Hidalgo explica que Olmedo utiliza a la historia, a la geografía y a la cívica para que el poema se convirtiera en un manifiesto ciudadano.

Los versos olmedinos, según el autor, querían transformar una república de habitantes en una república de ciudadanos, ¿qué quiere decir con esto?, generar un nuevo credo republicano para modelar a los hombres y a las mujeres.

Olmedo siempre luchó por la igualdad, cabe indicar qué cuando se formó el Ecuador en 1830, el político guayaquileño no dejó qué el nuevo país se centralice en la capital, todo lo contrario, propuso que Guayaquil y Cuenca tengan voz y voto en los primeros años de la nación.

La alborada de una nueva sociedad

Hidalgo señala que la periferia fue creciendo a medida de la llegada de más residentes, explica que desde 1887 la región sur se expandió de forma considerable.

El libro Sociabilidad letrada y moderna de Guayaquil (1895-1920) explica que la ciudad en 1896 experimentaba un trepidante crecimiento poblacional. A finales del siglo XIX el puerto principal del Ecuador estaba cerca de los sesenta mil habitantes. El autor se cuestiona: ¿era una urbe pujante?:

“Como se lee en A la Costa (1904), una de las novelas emblemáticas del primer realismo ecuatoriano, Guayaquil era «la ciudad del oro, del trabajo, de la actividad”.

Hidalgo señala que la periferia fue creciendo a medida de la llegada de más residentes, explica que desde 1887 la región sur se expandió de forma considerable. El comercio fue uno de los factores principales para ese aumento poblacional. En ese Guayaquil de fin de siglo había tres realidades, la alta burguesía que viajaba frecuentemente a París, los comerciantes, operarios y acarreadores que vivían con sueldos paupérrimos y una clase media que nacía con los oficinistas, periodistas, médicos, abogados entre otros profesionales.

Esa tríade social se afirma a partir del gran incendio que azotó a Guayaquil a inicios de octubre de 1896.  Según el artículo del diario El Universo escrito el 12 de noviembre de 2016, la ciudad casi desaparece, 25 mil personas se quedaron sin hogar y 1. 500 casas fueron consumidas por el fuego.

En la reconstrucción las élites municipales, narra el autor, buscaban imitar a las ciudades europeas o las latinoamericanas como Buenos Aires y la Ciudad de México, para construir un prototipo de ciudadano y ciudadana, que era el paseante o ese flanêur,  “a la usanza de París, recorría la ciudad en busca de bulevares, paseos y pasajes, con el fin de expandir su individualidad y agudizar su talante de «observador incógnito»”.

Para ese fin, se contrataron planificadores, ingenieros, arquitectos ecuatorianos y extranjeros. Así resurgió Guayaquil de las cenizas cuando ingresó al siglo XX. En 1912, según Hidalgo, se crea la Junta de Embellecimiento qué después se llamaría Junta Patriótica del Centenario para organizar al puerto principal y celebrar los cien años de independencia (1920).

La aparición de la nueva intelectualidad surgió con la reconstrucción de Guayaquil después de ese siniestro. Los intelectuales de América Latina en el nuevo siglo ya no solamente estaban ligados a la política, es más, se distanciaron un poco para indagar en otras ciencias y en el arte.

Por otro lado, después de tres años del gran incendio se ampliaría la calle Pichincha y las vías céntricas del Malecón, se creó la Plaza Centenario y ahí en esa glorieta se ensamblaría el monumento a los próceres del 9 de octubre que fue traído desde España y se urbanizó el cerro Santa Ana y el barrio Las Peñas. 

“En el diseño de esta nueva ciudad se patentiza lo que el historiador Jorge Orlando Melo llama una «nueva diferenciación» entre las capas altas de la sociedad y los sectores populares, implantándose así una nueva urbanidad que homogeniza las prácticas sociales emanadas del ethos burgués, al tiempo que naturaliza las diferencias económicas y culturales”.

La aparición de la nueva intelectualidad surgió con la reconstrucción de Guayaquil después de ese siniestro. Los intelectuales de América Latina en el nuevo siglo ya no solamente estaban ligados a la política, es más, se distanciaron un poco para indagar en otras ciencias y en el arte. Hidalgo explica que esta nueva forma de razonamiento de los profesionales se debe al veloz avance del capitalismo.

Por ejemplo, la élite guayaquileña ya no sólo quería escribir sobre la historia y la política, sino que se arriesgaba a la crítica literaria, o la creación de la novela, el cuento, la poesía, la práctica de la música y a las artes plásticas.

“Entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, se produjo en Guayaquil un cambio en las sociabilidades letradas que implicó el paso de las tertulias o círculos privados a los ateneos públicos; es decir, de aquello que Maurice Agulhon llamó del «estadio informal» al «estadio formal», como parte de una «evolución progresiva de la sociabilidad»”.

¿Qué quiere decir con esto Agulhon?, que el ciudadano o ciudadana ya no solamente tenía que cumplir derechos y trabajar para afirmar la existencia en el lugar natal, sino que ya buscaba algo más para ratificar la identidad cultural. Estos grupos privados generaron un nuevo diálogo para construir no sólo Guayaquil sino el Ecuador, en estos espacios los intelectuales no solo compartían talentos sino cuestionaban y reflexionaban el conocimiento, la política y la historia.

las revistas La Mujer (1905), El Hogar Cristiano (1907) y La Ondina del Guayas (1907) que además de comunicar y ser precursoras de los derechos de las mujeres mostraban estética y novedad.

El 19 de marzo de 1903 en el aniversario del natalicio de José Joaquín de Olmedo, se creó el Ateneo con revista incluida y bautizada con el apellido del poeta y prócer guayaquileño. Este círculo estaba conformado por médicos, periodistas, abogados, hacendados, comerciantes y otros oficios. El club cultural fue creciendo en participación y en iniciativas, como la “Escuela de Elocuencia” propuesta por José D. Moral para juntar el saber literario con la retórica y el discurso. Pero cabe recalcar que este espacio solo era frecuentado por hombres, y es necesario enfatizar que en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX las plumas femeninas tuvieron una gran influencia en la sociedad guayaquileña.

Por ejemplo, las revistas La Mujer (1905), El Hogar Cristiano (1907) y La Ondina del Guayas (1907) que además de comunicar y ser precursoras de los derechos de las mujeres mostraban estética y novedad. En la segunda ciudad más importante del país deslumbraban poetas como: Rita Lecumberri (1831-1910), Dolores Sucre (1837-1917) y Ángela Carbo de Maldonado (1861-1919).

La poeta guayaquileña, Sonia Manzano (1947), en la revista, Cuadernos de la Casa, en julio de 2020 escribió un artículo-reseña para evocar a la figura de Rita Lecumberri, que además fue una de las mujeres que incentivó la educación femenina y los colegios normales. Así Manzano retrató la prosa de la guayaquileña:

“Rita Lecumberri escribió versos cívicos de marcados sones épicos, preferentemente decasílabos y endecasílabos, con los que conformó cuartetos y tercetos, cuya acabada factura habla elocuentemente del vasto conocimiento que sobre literatura en lengua castellana poseía la poeta; saber que le permitió escribir sonetos de estructura formal impecable y de encomiable valor conceptual, como el dedicado al “Siglo XX”, al que le otorga una lírica y efusiva bienvenida, augurándole un futuro de grandes realizaciones: “Y el espíritu absorto en la ventura de la alta gloria que le alcanza, olvido del oro corruptor el ansia ardiente: Entonces solo el Genio y la Virtud pura disipando las nieblas de la vida brillarán en tu seno, ¡Oh, siglo veinte!”. (Siglo XX)

Tanto estas revistas como los círculos culturales reformaron la sociabilidad pública en Guayaquil que mezclaba las antiguas formas de pensar con las nuevas maneras de concebir el mundo. Con esos nuevos espacios, escuelas, cursos y talleres Hidalgo cita al historiador Carlos Altamirano: «de la empresa de evangelizar se pasa a la de educar”.

 

Bibliografía

Agulhon, Maurice, El círculo burgués, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009.

Altamirano, Carlos, dir., Historia de los intelectuales en América Latina. I. La ciudad
letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz., 2008.––––– Historia de los intelectuales en América Latina. II. Los avatares de la «ciudad letrada» en el siglo XX, Buenos Aires, Katz., 2010.

El Universo (2016). El gran incendio de Guayaquil. Link:  https://www.eluniverso.com/vida/2016/11/12/nota/5898169/gran-incendio-gu...

González Bernaldo de Qutrós, Pilar, "Civilidad y política en los orígenes de la nación argentina. 1829-1862", en Homenajena Francois Xavier Guerra, México, Instituto 1\t1ora, en prensa.

Hidalgo, Ángel Emilio (2011). Entre dos aguas: tradición y modernidad en Guayaquil (1750-1895)

Hidalgo, Ángel Emilio (2014). Sociabilidad letrada y modernidad en Guayaquil (1895-1920). Corporación Editorial Nacional. Universidad Andina. Quito-Ecuador.

Hunt, Lynn (2018) Modernidad: ¿Son diferentes los tiempos modernos?.  Prohistoria, Año XXI, núm. 29, jun. 2018, ISSN 1851-9504. Artículo en la web: file:///C:/Users/HP/Downloads/Dialnet-Modernidad-6528826.pdf

Martínez, Luis Alfredo (1904). A la costa. Casa de la Cultura Ecuatoriana. Casilla No67. Segunda Edición 1946.  Biblioteca Nacional del Ecuador.

Manzano, Sonia (2020) La poesía de Rita Lecumberri. Cuadernos de la Casa. Edición: 008. Julio. 2020.

Olmedo, José Joaquín, Epistolario, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Puebla, Edit. Cajica, 1960.

Olmedo, José Joaquín, Poesía-Prosa, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Puebla, Edit. Cajica, 1960.

Ordóñez Iturralde, Wilman, "Historia del folklore costeño", en Estado, nación y región. Ponencias del IV Congreso Ecuatoriano de Historia, Guayaquil, Archivo Histórico del Guayas, 2004.

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